Nuestro sol viste de charro
nuestra luna de ranchera
y hasta los propios luceros
son brillantes lentejuelas
El charro, como elemento identitario de la mexicanidad, ha sido tema de discusión a lo largo y ancho de la República Mexicana en diversos periodos, y por múltiples razones. Sin embargo, no se puede negar que de alguna manera esta figura representa, para muchas personas, varios ideales o imaginarios colectivos que asocian su figura con la “mexicanidad”, la “hombría”, la “valentía”, entre otros valores. Este ideal se refleja en su icónico traje, que ha sufrido cambios y ha evolucionado en un marco histórico de más de 500 años.
Es importante precisar que el presente artículo se ofrece como un esbozo y breve resumen de investigaciones más amplias y profundas dedicadas a desentrañar la historia y la complejidad representativa del traje de charro; cuestionar si verdaderamente representa esos valores es parte de la tarea que como universitarios jaliscienses tenemos que seguir debatiendo.
Para entender mejor la relevancia de esta figura, es necesario analizarla en dos etapas. En primer lugar, encontramos al jinete mexicano antes de la Revolución Mexicana, cuya figura es clave para comprender la evolución posterior. En segundo lugar, con el movimiento armado de 1910, mismo que genera que el charro experimente una transformación significativa. De este modo, podemos hablar de un chinaco previo a la Revolución Mexicana y de un charro que emerge como consecuencia directa de dicho movimiento.
Antes de la consolidación del charro moderno, existió la figura del chinaco, un jinete clave para comprender la evolución posterior. El chinaco surgió en las zonas ganaderas de estados como Hidalgo, Tlaxcala y Jalisco, donde los trabajadores del campo eran conocidos como “cuerudos” debido al uso de gamuza o piel de venado en sus prendas para resistir las labores ordinarias.
A diferencia del traje actual, la vestimenta del chinaco se caracterizaba por su sobriedad y escasos adornos. Según Briones Torres (2011):
“El chinaco era fundamentalmente un soldado de caballería ligera que mostró su valía en el campo de batalla desde 1810 hasta la Revolución. Su atuendo consistía en:
Durante el siglo XIX, el traje experimentó un giro estético hacia el lujo. Un momento determinante fue el Segundo Imperio, cuando Maximiliano de Habsburgo adoptó el traje mexicano, utilizándolo en paño negro con botonadura lateral de plata. Este estilo fue imitado por la aristocracia, transformando un traje de oficio en uno de jerarquía social que permitía a la élite vestir como “mexicanos” pero denotando riqueza. Fue en este periodo cuando el sombrero de copa alta comenzó a sustituir al estilo del chinaco.
Tras la Revolución de 1910, el estado buscó unificar la identidad nacional. Bajo los gobiernos de Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, la charrería fue decretada deporte nacional y su traje fue elevado a símbolo de la mexicanidad. Ortiz Rubio instituyó además el 14 de septiembre como el día oficial del charro.
En esta etapa, la Federación Mexicana de Charrería asumió el rol de órgano reglamentario, estableciendo normas estrictas para el uso del atuendo. El reglamento actual prohíbe terminantemente estar “medio vestido de charro”, como usar calzado deportivo con el pantalón charro o quitarse la chaqueta para dejarse sólo en chaleco.
Ahora, con la reglamentación de la charrería como deporte, el traje contemporáneo se clasifica en cinco categorías: faena, media gala, gala, gran gala y etiqueta. La diferencia radica en la riqueza de los materiales; por ejemplo, en el traje de gran gala, el sombrero está galoneado en oro o plata y el conjunto debe ser obligatoriamente negro.
De acuerdo con el reglamento de la Federación Mexicana de Charrería (s. f.), los elementos principales son:
Como se ha podido observar, el traje de charro ha tenido diversos procesos de transformación que lo han colocado incluso como uno de los estereotípicos representantes de la nación mexicana, pero ¿a qué se debe esto? En definitiva, que el charro se haya convertido en una figura de representación nacional se debe a un proceso de creación identitaria por parte del estado mexicano posrevolucionario que buscaba en gran parte favorecer a un sector que había sido golpeado por la Revolución Mexicana, pero también buscar un “ideal” a seguir que encarne valores como el patriotismo, la valentía, etc.
El enfoque en el charro como figura nacional representa un esfuerzo del estado por unificar una identidad en un país vasto y diverso. No obstante, esta representación homogenizadora puede invisibilizar otras realidades y voces dentro de México.
El académico Gilberto Giménez (1993) señala que “la construcción de una identidad nacional a menudo implica la selección de ciertos elementos culturales en detrimento de otros”. Asimismo, Giménez (1993) argumenta que “la identidad nacional se construye a partir de procesos de inclusión y exclusión que determinan qué elementos culturales se consideran representativos de la nación”. Desde esta perspectiva, la figura del charro se convierte en un símbolo hegemónico que puede limitar la representación de otras identidades y culturas dentro de México. Es crucial cuestionar y reexaminar estos estereotipos para avanzar hacia una identidad nacional más inclusiva y representativa de la diversidad mexicana
En un mundo globalizado donde se puede entender una totalidad a partir de una particularidad, ya no se puede reproducir un discurso que totalice una población entera con un solo estereotipo, según Bauman (2007, p. 196):
“El proceso globalizador, con la individualización y la homogenización que ha supuesto, ha roto las viejas identidades, si bien ha reforzado identidades nuevas, ya no ligadas en exclusiva con el elemento nacional, apareciendo nuevas comunidades y nuevas formas de crear identidad-comunidad, como respuesta a la incertidumbre y al riesgo de las nuevas sociedades”.
¿Qué se debe promover, entonces? ¿El charro ya no unifica naciones? Pues bien, ver en el charro y todo lo que su cultura representa como el salvador de la patria es erróneo, pero buscar otras representaciones que nos hagan sentir mexicanos o mexicanas no está mal, pues es necesario comenzar a revisar y observar otras miradas a lo “propiamente mexicano”, pues como diría Bauman (2007, p. 196):
“Entonces el momento en el que se construyen nuevas identidades nacionales. Frente a la globalización homogenizadora y la pérdida del carácter universalista del estado-nación y la pérdida de sentido de pertenencia al mismo del sujeto, aparece la búsqueda de la diferencia de la reafirmación de lo individual, de la diferencia fundamentada no sólo en la religión, sino también en elementos como la comunidad cultural, lo cual da lugar a nuevas formas de nacionalismo en las que se reivindican la soberanía de entidades territoriales subestatales, a los que el individuo sí que se siente sentimentalmente unido”.
La mexicanidad es más grande que un estereotipo, la cultura y sus trajes son tantos que no caben en una sola representación. Por lo tanto, ante el desafío de una modernidad líquida y globalizante, la soberanía de nuestra identidad ya no descansa en un solo estereotipo centralizado. El traje de charro seguirá cabalgando en nuestra memoria histórica, pero es en la apertura hacia otras comunidades, lenguas y vestimentas donde encontraremos el verdadero sentido de pertenencia. La mexicanidad del siglo XXI es, por definición, diversa; una identidad que, lejos de fragmentarse, se fortalece al reconocer que el orgullo de una nación se teje con muchos hilos y muy variados colores.
Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.
Briones Torres, J. (2011, 23 de mayo). Los chinacos. Charro Up. http://www.charroup.com/profiles/blogs/los-chinacos.
Castruita Padilla, J. (Coord.). (2010). Charrería, origen e historia de una tradición popular. Federación Mexicana de Charrería.
Giménez, G. (1993). “Apuntes para la teoría de una identidad nacional”. Sociología, (21).
Palomar Verea, C. (2004). En cada charro, un hermano. Secretaría de Cultura Jalisco.
—— (2004). “El papel de la charrería como fenómeno cultural en la construcción del Occidente de México”. Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, (76), 83-98. http://www.cedla.uva.nl/50_publications/pdf/revista/76RevistaEuropea/76Palomar.pdf.