Todo bosquejo, todo boceto tiene dos miradas. Una, la del trabajo previo para que este surja, horas de tallar y tallar el papel, la arcilla, el lienzo. La otra mirada es lo que vendrá, lo que esas líneas inexactas prometen en la imagen final. Dicha promesa puede crear gran expectación porque se dibuja algo futuro no tan incierto, una obra, una voz, una mirada sincera, cotidiana, llena de un ambiente a media luz. Esto es Cada cosa justo ahí de Juan Felipe Cobián.
Este su primer libro es pues un bosquejo de su naciente oficio de autor, y aunque es el primero no trata de ocultar todo el trabajo realizado, todos los textos que vieron la luz en publicaciones locales pero no tuvieron cabida en este ejemplar, no por falta de calidad sino por una intención clara del autor sobre lo que quiso crear con su libro y que con este ya esperamos expectantes conocer la obra que vendrá.
Lo llamamos bosquejo no porque está inacabado, sino porque guarda en su historia muchas horas frente al papel, a la pantalla, al objeto blanco y, como cuentagotas, fue cediendo a las grafías, a las imágenes, a la voz franca del autor, que al lector dejará seguramente tocado por los versos breves y las imágenes anchas.

El estilo de Juan Felipe tiene la visión del texto corto y la imagen vasta (“Esta y cien casas / ni en venta renta o préstamo / señor Sin Techo”) que, al estilo de los haikús, busca esa pausa silenciosa después de leerlos. Sus textos, con pocas palabras, abren la mente al entendimiento, a la reflexión, al interés por detenerse a mirar los detalles. Juan Felipe ha dicho que varios de los textos contenidos en su obra buscaban esa estructura, la del haikú, pero no de manera pura, ya que están permeados por su cultura, su realidad y su visión: “Correo de Hacienda / Aletean en mi pecho / dos cucarachas.”
No es propiamente un libro de textos breves. Encontramos algunos de talla mediana (en su extensión) y otros más abundantes, lo cual convierte la lectura en una experiencia inmersiva, con diferentes ritmos, como entrar al agua, primero con una respiración profunda, pausada (la primera oleada de poemas); después, como cuando emerges del agua y respiras ágilmente (para la mitad del texto), para terminar con el ritmo habitual de la respiración, con los últimos versos que cierran el libro.
Todo libro tiene un ritmo. Este, con el suyo a contrapunto, es un reflejo de la idea del autor que entiende que el vivir, el día a día, tiene esos tiempos que varían, que se aglutinan y se alejan en un instante o en cien años: “Ser como el polvo / en la casa quietud / que nuca cesa”.
Podemos hablar de sus imágenes, cargadas de un aire particular: “con mirada de bolsillos vacíos…”, “la Muerte aguarda allá en algún mañana…”, “me aliviaría la esperanza de nombrar su ausencia.”; este aire cargado de desasosiego, de atravesar el mundo con el tránsito lento de las calles empedradas de su mirada, este mundo que parece no querer cambiar y sin embargo la vida se empecina en eso: “¿Cuánto aire ganas / al vaciarte de tiempo / reloj de arena?” Quizás como Roberto Juarroz, con sus imágenes duras, algunas veces crudas, pero que no dejan escapar a la esperanza, también Juan Felipe se niega a hincarse ante la inmensurable vida sola: “Qué hubiera sido de mi escasa calma / sin la sonrisa de aquella cobradora”.
Podemos concluir que este primer libro, con sus ritmos variables, con sus textos de tamaños diversos y sus imágenes con un aire de habitación a media luz después de la lluvia, le dará a los lectores ese momento de detenerse a mirar, a pensar, quizás a enunciar algo diferente sobre lo que cotidianamente se vive y, claro, los dejará con la curiosidad (porque como todo buen bosquejo) de seguir y conocer la obra final, el oficio de escritor de Juan Felipe, que sabemos será grande, honesto con su visión de decir hasta aquí llego y le sigo; que su obra sea vasta, que nos comparta su visión en muchos textos más y que siga tomándose el tiempo de poner Cada cosa justo ahí.