Sandía desnuda en la punta de mi sangre crédula… Esférico lago apocalíptico que nutre el río rojo del llanto… ¡Fruta zomonque de la carne!
El cántaro es un zepelín de infantería que tripula mi corazón de poeta. ¡Horno encendido en que fundo la chatarra del verbo, para forjar mi cascabel de arcilla!
Mi beso, viandante del cántaro, es el turista mundial de la cadera, el alpinista del seno, el conquistador de los abismos.
Ahí está el retrato del sol diminutivo, atándome con el nudo más ciego a la vida… Redonda catedral revesada, con la puerta hacia el cielo para que se le entren los ángeles… ¡El vientre de Belén dando a luz, en mi corazón, a un Niño Dios de tuna, el Mesías del beso!
Tonto el alfarero, que por un puñado de cobre dejó olvidado el corazón en el cántaro… Corazón de agua, corazón de lumbre.
¿Será el cántaro el pezón de mamá patria? ¡Allí está, como una mariposa de cuero, la boca agraria, sobre la corola de barro!
Las tardes son las fiestas del rancho, la fiesta del agua: las muchachas ponen al cántaro como punto de apoyo al noviazgo prohibido… Cómo lo abrazan, camino al pozo… Como si abrazaran su deseo marital. ¡Sobre el ara ruborosa del huevo se celebra el rito de la boda: breve eternidad furtiva de sexo verbal… el sexo Dios!
Regresan luego las prometidas, cargadas de cántaro como de hijo… muchas veces, muchas, exageradamente… ¡La libertad es el camino al pozo! El patio huele a regadío y a flor. Las muchachas ríen entre ellas cada una en sí misma, dueñas de sorpresivas piñatadas de luna, expectantes de sus propios partos futuros, en cada cantarada.
El cántaro, subido al hombro, es el incendio de sangre que prendieron los ojos y las lenguas mutuas… Es el nido que las madres ofrendan al ave de la paz para que empolle.
Los niños, con sus ojos limpios, fabrican en su fantasía el repique lacónico del cántaro, llamando a golosinar en la piñata… ¡Pobres niños ingenuos, que ignoran que la piñata es la carcajada brutal del mercado negro, del monopolio!
Truena la piñata… el ¡ay! del cántaro es el séptimo sello apocalíptico que salta. El poeta se petrifica en el astrolabio del amor y, al conjuro de un verso, hace brotar del cántaro su volcán de grito, idioma de tepalcate, en el que se habla la paz. No cabe duda: como Diógenes, tomaré yo al cántaro y ataré al napalm… Me lo colgaré al cuello y trotaré caponera de un rebaño inocente… Tal vez tendré que tragármelo entre lágrimas, como a otra esponja de hiel y vinagre…
¡Y los poetas oficiales se reirán de mí como de la “La lechera”, en una fábula de texto, cuando las balas rompan mi piñata! “Iba”, dirán, “un poeta, con su cántaro de versos, soñando en poseer una paloma blanca”. ¡Los niños y los hombres se reirán de la fábula!
La yerbabuena sufre su horrible paradoja, bajo el burbujeante título venenoso de “toloache”… ¡Nombre siniestro que se basta a sí mismo, como la calumnia, para aterrorizar a cualquier médula!
También yo, como Saulo, siendo aún niño, lancé mi piedra contra el santo… El populacho arrastra y las evidencias contra el toloache eran pelos de burra parda en la mano: a las márgenes de su leche, vagaba la piara de envilecidos, babeando de adoración por la carne más repugnante.
Esclavos increíbles, no medían más allá de una almohada adúltera… Bestias humanas de una visión apocalíptica.
El entoloachado dejaba de ser hombre para ser títere, y su razón se perdía por debajo de los bueyes. ¡Nunca olvidaré aquellas dramáticas escenas, deprimentes, mucho más que las de los gladiadores!
No me cabía duda: el toloache era la planta posesa del Demonio… Las noches más lóbregas (nadie lo había visto, pero todo mundo lo juraba) venían las celestinas y las brujas a cosechar la planta del mal... ¡El Diablo y ellas, como padre e hijas! Después… ¡los imbéciles por toda la región afrentando a las familias!
¡El buen mozo no osaría jamás aceptar taco alguno ni mucho menos la mínima copa, de manos de mujer, a no ser de la esposa y, con todo, muchos sucumbieron!
La locura es la demasía y la del toloache es la irremediable, porque es la demasía del amor… ¡Toda la fe y toda la luz de golpe sobre un latido solo y sobre una sola razón!
Uno de los entoloachados bastaba para transir de ternura y de miedo al corazón más hosco... ¡Escenas como las de ellos sólo las volvería a temblar ante los prosélitos de las sectas religiosas!
Dios ha sido, en toda la historia, el toloache del pueblo... ¡El pueblo vaga hecho un imbécil, porque los sacerdotes le han vaciado, de golpe, la demasía de Dios!
En cada gragea de poema les diluyo, a mis hermanos, una gota de Dios, para aliviarlos de Dios. Y la yerbabuena y Dios me sonríen perdonándome el odio y el miedo que les profesé.
El rebozo está agonizando con las demás fronteras. Ya huele a ruina, ya sabe a historia. El émulo del Bravo y del Suchiate yace seco. ¡La sequedad es el estado de la materia muerta! El rebozo está ya muerto. La alambrada del recato rota bajo las pezuñas del descaro. La moda es la bestia que rompe todas las raíces y los credos y las leyes todas. El robot maléfico que inventaron los mercaderes para matar la conciencia, para violar la tradición.
El rebozo fue frontera y fue río: la frontera respetable que la mexicana tendió al macho a la vera de su cuerpo... El río caudaloso de su ternura que desembocaba en el molote del hijo. La persiana de su carne, el cauce de su leche... El santo conopeo de su doncellez, el lábaro de su maternidad.
Ahora el rebozo ondea, a media asta, una bandera vencida... oh desgracia inconmensurable... ¡Nadie imaginó nunca que la muralla China se desplomara… que desaparecieran los Alpes de la honra!
¿Habremos de aplaudirle a la moda?
A las cabezas desnudas, de la ola nueva, les estorba hasta el cabello… el rebozo no entra ya ni a las iglesias.
¡Época vacía, época encuerada! ¡La estampida del feminismo!
Huimos del pasado, ignorantes de que lo llevamos en el corazón.
Pero dejemos a los predicadores, a los sermoneros asalariados el regaño para las cabezas desnudas.
Yo soy el doliente inconsolable del rebozo. Doliente quiere decir amante. Lo amo y amándolo soy un enamorado con causa. Cómo si no, pues él fue el camino por el que entré a la tierra, él mi primer columpio, mi primera raíz… Mi madre me ataba con él a una silla o a su espalda, haciendo de mí el molote de su corazón. ¡Molote de rebozo sería aún mi mejor título! Si el sol quería tostarme, el rebozo era mi toldo, si intentaba morderme el frío, el rebozo era mi cobija... ¿Tenía miedo? Ahí estaba la liana por la que trepaba al regazo... Si quería andar, era mi guía.
Sí, cómo no lo iba yo a amar, si fue el abrazo aumentativo de mamá para protegerme… ¡Lo amo como a mi rama, como a mi tronco!
El rebozo fue mi primera cama, mi primer contacto, la primera centiárea de mi patria. Dentro de él fui inocente, pacífico. Si es río, soy su pez; si bandera, soy su escudo; si frontera, su soldado. ¡Única vez que sería esto último!
Yo poeta, rehago al rebozo en versos y convoco a mis hermanos a enredarnos en él para ser niños, para saborear la paz…
El rebozo está muerto... vía láctea apagada, raíz rota, camino que se llevó a mi madre… pero para mí, el poeta tonto, sigue siendo mi cáscara, mi piel, la zalea de mi corazón.
Veo a mi México desollado y sin rienda... ¡Loco, me afano en amarrar con símbolos los pedazos de mi tradición!
“¡Pásale, marchantito!”, me canta, ofreciéndome un puñado de agüilotes y un manojo de santamaría… A otro que pasa, un alcatraz de pinole o un silbato de barro. “¡Pásale, marchantito…!”, sigue cantando, como un disco grabado desde siglos.
Ahí está dentro del tianguis y fuera de la época, con su canasto de revelaciones… Una agonía milenaria le arruga las mejillas, pero un destino oculto la eterniza, siempre vieja, siempre igual, como a las cariátides. Su cara es de piedra, dura como el metate y sólo de vez en cuando se grieta en una risa blanca no sé si ingenua o abyecta… risa extraña como la de los ciegos… Diríase que se ríe de algo que yo no veo… En su cuello se entreveran retorciéndose en collares de abalorios sus dos religiones. ¡Bien se ve que ella nunca supo distinguir entre el aquelarre y la misa, ni entre el colibrí y el Ángel de la Guarda!
Hablo de la “Chanta”, la vendedora aborigen de cosas aborígenes. “Chanta” o “Marchanta” puede ser “la que marcha”, “la que comercia” o simplemente “la esposa del Chan”, espíritu del agua… Cualquier acepción de la palabra le viene bien a la vendedora extraña…
Quitémosle el nombre, como a la fruta se le quita la cáscara.
Grotesca y burda, fuera de toda estética, siendo mujer. Con una mercancía preferentemente espiritual, siendo comerciante: flores más medicinales que bellas, panes prehistóricos y toda una artesanía de juguete más que de utilidad y, para colmo, dos chiquillos astrosos, igualmente feos a pesar de su sexo distinto y que estirarán su despropósito…
Ahí sentada sobre sus piernas, vestida por un sastre antediluviano, mutante de una edad antípoda a la nuestra... ¡Ahí, como el corazón del tianguis, como su fin primario!
¡No, no puede ser comerciante, más bien ha de ser museógrafa, intérprete contrabandista de la antigüedad en todas sus especies! ¡Qué casualidad que no domine el sistema métrico!
“¡Pásale, marchantito...!, ¡pásale, marchantito!”, me repite, devolviéndome el apodo.
¿Pásale?, pienso. ¿Luego esperará que pase toda esta generación y le deje el lugar a otra que ya estuvo y que no adivino?
No paso. Poco a poco le voy sacando plática, con el pretexto de sus mercancías… Riendo me da fruta y se saborea conmigo, dichosa… Me explica luego un “ojo de venado”, la “yerba del coyote”, otra del lobo… Me toca una flauta de barro con cuerpo de pájaro... me acepta. Emocionado, le doy un billete y me llama catrín. Catrín en su léxico quiere decir traidor… ¡Si supiera que llevo en mis venas su sangre… y que mi sangre habla su idioma!
Nos hacemos amigos los dos hermanos. Al despedirme, la bibliotecaria me da la clave de Tulla.
Ahora soy un Chante con mi quilihua de versos, que le grito al mundo: “¡Pásale, marchantito!”, ofreciéndole la llave de Zoroastro…
Los transeúntes me oyen y se alejan. Alguno que otro me tira una moneda o una medalla. ¡Los muy catrines!