Novela por entregas
Cuando Smith terminó de decir eso, aparecieron revoloteando unos pájaros negros afuera de la cabina.
Intrigado por la repentina presencia de esas aves, Petrov preguntó:
—Y esos visitantes, ¿qué…?
—Desde hace días que me persiguen. Tienen sed de venganza —respondió Smith.
—¿Vienen por un ajuste de cuentas?
—Yo maté accidentalmente a civiles en la guerra de Irak y envié al voladero a los sesenta turistas. Hoy sus espíritus vienen a cobrarme el precio.
—¿Cómo es que esa bandada de enlutados ha logrado sobrevivir sin alimento y sin agua?
—Ellos ya no tienen necesidad de comer ni beber. Esos pájaros no son de este mundo, son migrantes del tiempo primigenio.
—Me gustaría tener esa energía que no se agota…
—Tendrás eso y más cuando te mueras, inspector. Podrás viajar por el espacio sin ser visto ni oído.
—¿Tan intangible seré?
—Así será, mi estimado Petrov, pues ya no portarás el depósito de la carne que en vida demanda alimento, agua, oxígeno, ropa y techo.
El ucraniano, quien daba signos de cansancio de tanto estar de pie, se recargó en la pared de la cabina, sacó un pañuelo de su pantalón para borrar la neblina de la transpiración que se había acumulado en su rostro y en sus lentes, luego preguntó:
—Entonces, ¿qué somos en esta vida, Smith?
—Nómadas, somos peregrinos. Desde que nacemos, estamos de viaje. Cada edad es un tramo recorrido; cada latido es un tumbo sobre la vía del ferrocarril que una vez abordamos sin darnos cuenta. A unos les gusta la velocidad extrema. Arrastrados por la locomotora de la ambición se desgastan acumulando riqueza y poder. Otros prefieren viajar en los vagones que corren a 30 kilómetros por hora para disfrutar mejor el paisaje. Pero ambos, ¡qué ironía!, cuando creen que han alcanzado todo el oro, la belleza y el placer, se topan con que ya no pueden ir más allá, no pueden evitar la ineludible muerte.
El misterioso viaje de la vida radica en que nunca sabemos dónde, cuándo, cómo, ni en qué minuto terminará nuestro periplo. Cuando morimos no hay solución. No hay relojero que repare relojes biológicos. No existe copia exacta que sustituya al chip muerto.
—¿Todo es una trampa del destino? ¿Por eso nos extinguimos?
—Yo diría que al final de la vida nos descarrilamos. En el instante impensado caemos al vacío, donde no llega ni un átomo de luz.
—Dos veces has mencionado “la guerra que viene”. ¿A qué te refieres?
—Desde hace tiempo el hombre, consciente o inconscientemente, está acelerando la guerra de su autodestrucción. Ha ido más allá de lo permitido, contra los elementos que conforman el universo: aire, fuego, tierra y agua, profanándolos de manera irracional. La excesiva combustión de carburantes está acabando con el ozono. Cada día estamos saturando la atmósfera terrestre con partículas nocivas siendo que el oxígeno y el nitrógeno en su mezcla natural son vitales para el planeta. El deshielo de los glaciares es el reflejo del calentamiento global que nosotros mismos hemos propiciado con la contaminación de los mares y la deforestación de los bosques. Llegará el día en que esos elementos, hoy tan agredidos, se levantarán como cuatro ejércitos descomunales. Ningún arma ni estrategia militar inventada por el ser humano podrá detenerlos. Cada uno de ellos actuará de acuerdo con su naturaleza.
Quizá Smith quería dar a entender lo que dice el profeta Isaías en la Biblia sobre el Apocalipsis en el capítulo 24, versículos 1-6: He aquí que el Señor sacude la tierra, la deja despoblada y destruye su superficie. Dispersa a sus habitantes: al sacerdote y al pueblo, al esclavo y a su señor, al ama y a su criada, al comprador y al vendedor, al que pide prestado y al que presta, al acreedor y al deudor. La tierra será totalmente asolada, completamente saqueada, porque el Señor ha dicho estas palabras: “La tierra languidece y se marchita, está reseco y se marchita el universo, el cielo y la tierra se resecan”. La tierra ha sido profanada por sus habitantes, porque han pasado por alto la ley y desobedecido el precepto, violando el pacto perpetuo. Por eso la maldición devora la tierra y sus moradores sufren el castigo; por eso se consumen sus habitantes, y no quedan más que unos pocos.
Tales predicciones también podrían interpretarse de manera apócrifa como de alguien que lanza una advertencia sobre un cataclismo que se acerca y pone los pelos de punta:
“El aire desatará con tanta furia al viento, que arrancará de raíz los rascacielos; el sol descargará su lluvia de lava de tal manera que ningún habitante escapará al castigo; la tierra trepidará con tanta intensidad que todas sus réplicas sísmicas rebasarán la escala de Richter, y los mares se agitarán formando milicias de ojos de huracanes pavorosos, que pondrán bajo agua a los cinco continentes. Luego el sol se apagará para siempre. Será un ojo con ceguera total salido de su órbita. Entonces el globo terráqueo volverá a la era glaciar de la que brotarán horribles témpanos con aspecto de zombis poblando las tinieblas. De esta catástrofe sólo sobrevivirán todas las especies vegetales y animales, pues ellas no han pecado contra el Creador de todos los soles y todas las cosas, ni contra el universo. Para entonces tal vez el hombre recapacite, pero ya será demasiado tarde”.
Petrov quedó por un momento turbado; se imaginaba la destrucción que ocasionaría tal hecatombe, luego le preguntó a Smith:
—No me queda claro cómo se salvarán de ese apocalipsis las plantas, las aves, el rey león, los reptiles y peces.
—El eterno Constructor, que todo lo prevé, extenderá la palma de su infinita mano, y esta será un arca que luego se posará en la montaña de otro planeta donde el agua es virgen y la tierra es fértil.
Smith tragó un poco de aire, le dio la última fumada a la bachicha que, tras un estornudo, salió disparada del socavón humeante de su boca. La colilla fue a dar a sus pies. El veterano de guerra la aplastó con su bota militar como si matara a un abejorro con las alas quemadas. Führer, alérgico al olor del tabaco, se levantó como resorte, orientó su olfato y escuchó a lo lejos lo que Smith y Petrov no alcanzaban a oír.
El can, valiéndose del radar de sus orejas, empezó a ladrar y a inquietarse más; de un salto trepó sobre la consola de los controles y le dio por rasguñar el vidrio frontal de la cabina con tanta fuerza que en cada acometida dejaba marcado el surco de sus uñas.
El comportamiento de Führer puso en alerta a Petrov y Smith. El soldado élite abrió de golpe una de las ventanillas laterales, agudizó su oído, y pudo percibir claramente que se acercaba la turba inconfundible de sirenas de la policía, y pensó que en cuestión de minutos estarían invadiendo la estación con sus torretas fosforescentes.
Smith no esperó más, cogió su valija, corrió hacia la cabina trasera y puso en marcha el tren. Petrov, al sentir el sacudimiento de los carros, con un tronido de dedos ordenó a Führer que lo siguiera. Los dos saltaron al andén.
El ucraniano, visiblemente nervioso, sacó de su pantalón un boleto y sobre esa lengua de papel escribió este recado: “Fue una tragedia. Sigan a Smith”. Luego dobló el mencionado talón y lo volvió a depositar en uno de sus bolsillos. En ese momento lo invadió un escalofrío que lo hacía temblar de pies a cabeza al pensar que dentro de poco arribarían a la estación los forenses y los familiares de los pasajeros. Sin duda todos, y en especial la prensa, se lo comerían a preguntas, y él no deseaba verse en ese cerco, así que optó por una salida: extrajo de su chaleco un frasquito que contenía pastillas para su mal de Parkinson y tomó una. Al sentir que la temblorina de todo su cuerpo no paraba, vació todo el contenido del medicamento en su boca y así, sin agua, se lo tragó. No alcanzó a llegar a la sala de espera cuando cayó muerto.