Traducción Margarita Hernández Contreras
Tal vez cada viaje empiece
bajando por la escalera
o a través de un pasaje
en la casa de tu abuelita donde
una puerta pudiera llevar a sombras
y manchas de tinta, a una chimenea de carbón
calcinado. La gente suele confundir
el alma con el espíritu, y como la
llave que cae en la arena, nos
elevamos hasta el enjambre y olvidamos al
hombre. O canciones cosidas en el cielo
mucho antes de que se erigieran las ciudades y
se estacaran las señales. El viento puede ser infiel, ya que es la luz la que elige su apertura;
Podemos alabar al Dios equivocado, y recordar sólo aquello que ilumina
el campo, las partes pegajosas del mapa. Podemos recorrer con la mirada la extensión desde la cresta de
la tierra como si el mundo fuese meramente la consecuencia de algún derrame
cósmico, las montañas rompibles antes del sol, el mar apenas agua goteando
en el espacio. Pero últimamente no hay modo de distinguir el verano de la plata, conforme se encogen las islas y
los peces jadean en el agujero negro de la sequía fuera de temporada. Las historias que pudiésemos hallar
por nuestro pasaje imaginándolas
están enterradas en los pechos de los hombres muertos o
salvadas por la luna como la cara de una diosa extraviada. De modo tal que llega como
una tierna sorpresa las páginas que saltan de ciertos libros y que insinúan algo próximo
a la piel, a la huella dactilar de una madre, o a la gota de sudor que escurre del cuello de un padre,
inclinado sobre las mismas líneas
que lo envían a lugares en alas ojiabiertas.