Jesús María Flores Luna, escritor nacido en Guadalajara (1991), es autor de los libros Potro con alas, El arder de los pasos, La escarcha en el corazón y No siempre un día normal. Colaborador del Periódico de Catalunya y Mundario. Su obra se ha traducido al francés, portugués, italiano e inglés.
Luis Rico Chávez: Me gustaría que, en primer lugar, te presentaras. Cómo nace tu inclinación por la escritura, tu trayectoria, dónde estás situado en este momento.
Jesús María Flores Luna: Muy joven, quizá en cuarto o quinto de primaria, comencé a escribir algunas ideas. Sin embargo, tengo más recuerdo de la secundaria en relación con la escritura. En medio de un proceso de salud, mientras me recuperaba de una cirugía en el tobillo, con dos clavos de ocho centímetros aproximadamente, mi vida dio un giro drástico a la calma y, al correr del tiempo, diferente al que había conocido hasta entonces, voraz y sumamente productivo entre el futbol, la escuela y varias actividades extraescolares. Afortunadamente me refugié en los libros. Me volví un lector voraz y la posibilidad de entrar a otros mundos hizo que mi mundo interior se extendiera y que una nueva productividad, ahora mental e intelectual, me saciara. Por esa época comencé a escribir mucho. Más tarde, en la preparatoria, nació la vocación. Tenía la fiebre de la literatura. Nada me importaba más en el mundo que seguir leyendo y aprendiendo. Busqué mis primeros talleres literarios y seguí buscando, año tras año, sumergirme en el mundo de las letras.

En este momento me encuentro con deseos de publicar, más que de escribir, puesto que tengo una producción muy extensa de por lo menos una década. Escribí por años con tiempo y horario, dedicando mis años a enfocarme en la obra que tuviera en desarrollo en cada época. No dejo de escribir, no hay un año en el que no escriba, pero aquellos años de mis veinte tenía una prisa, una urgencia, creía que viviría hasta los 25 y quería escribir lo que tenía proyectado. Cuando pasé los 25, creí que tenía 5 años más, que moriría ahora sí a los 30. Me angustiaba pensar que moriría joven sin dejar terminados los proyectos de entonces y que por compasión al yo difunto se publicaran, sin estar revisados y trabajados a su máximo como yo deseaba. Eran ideas de juventud, muy románticas, muy severas y drásticas. Escribía como si fuera cada día el último. Era muy feliz. Me dormía de madrugada y me levantaba aún a oscuras. Esa disciplina le daba un sentido a mi vida. Ahora que lo recuerdo me llena de satisfacción pensar en la tenacidad de ese joven. Ahora disfruto el camino distinto, no estoy enfocado en mí tan severamente, creo que veo más hacia afuera, hacia la vida que pasa. Aunque sólo un poco. Sigo teniendo mi mundo interior muy grande.
LRCh: Platícame un poco de La escarcha del corazón que, según recuerdo, tuvo su origen en una actividad que te pidieron realizar cuando cursabas la preparatoria.
JMFL: Es algo que no recordaba, tardé un par de minutos para refrescar la memoria. Es como dices, gracias por recordarlo. Cursaba la preparatoria y tenía que exponer en equipo un tema. Mis dos amigos de vida en aquellos años eran mis cómplices en ese trabajo a realizar. Elegimos el tema de la prostitución. Y decidimos no limitarnos a la información de internet. Hicimos trabajo de campo. Entrevistamos a algunas muchachas inmersas en ese mundo. Fue revelador, triste, interesante. Eran muy jóvenes, recuerdo a una de ellas de 21 años, nosotros tendríamos 16, quizá. Me daba la impresión de que ellas no vivirían mucho más. Eran vidas turbulentas, marcadas por el dolor, por las adicciones, al menos en aquellas entrevistas que hicimos. De esa experiencia nació la primera idea de hacer una novela que tocara el tema. Y la escribí, años después, dedicando años de mi vida a ese libro.
LRCh: Menciona un poco más del resto de tus obras, sobre todo la última, que presentaremos próximamente en la Preparatoria 2 de la Universidad de Guadalajara.
JMFL: He publicado algunos poemarios. El primero de ellos es Potro con alas. Ese libro es muy importante para mí. Recuerdo cuando mi editor dijo en la primera presentación: “Jesús María sale a la luz”. Así fue, salí a la luz en el pequeño mundo literario de la ciudad, y las sorpresas y alegrías me siguieron durante algunos años a raíz de Potro con alas. Cada que pensaba que el libro había terminado su ciclo y empezaría su descenso natural, algo lo hacía volar de nuevo, se le abrían nuevas puertas y nuevas rutas. Marcó mi vida y mi primera juventud, me dio tanto ese libro. Tenía 21 años. Después aparecieron otros poemarios. Fui traducido por primera vez, por ejemplo, al francés, al inglés, al portugués, al italiano. Y sobre No siempre un día normal, el último libro que publiqué, puedo decirte que me reconfortó volver a publicar. Hacía años que no aparecía un libro mío. Es un libro que extiende la forma y aliento de Potro con alas y a la vez hace la transición a una nueva etapa. Incluyo poemas de largo aliento, aunque se trata de una respiración más contemplativa, más templada. En Potro con alas encuentras el brío de un caballo que debía frenarlo con comas, para apenas respirar un poco y seguir corriendo, como alcanzando algo, como queriendo llegar pronto. En No siempre un día normal se percibe la transición a un pensamiento más reflexivo, hay potencia, juventud, pero la templanza busca más la estética, la música, hay menos comas y más puntos. Hay más sentencias. No es un poemario de mis treinta. Aunque se publicó a mis 33 años, es un poemario que terminé alrededor de mis 26-27 años, y que escribí desde los 22, aproximadamente. Es un poemario que va de lo cotidiano a lo macro, a lo eterno, y viceversa. Es sumamente humano. Como la poesía.
LRCh: En este momento radicas en Guadalajara, pero luego te irás a Estados Unidos, en un vaivén cíclico que te define. ¿Influye este itinerario en tu proceso creativo?
JMFL: Sí, totalmente. Ahora paso el invierno en Guadalajara. Mi rutina en Estados Unidos es muy distinta. Afortunadamente tengo tiempo para leer. Leo todos los días. Aquí o allá. Los libros me acompañan. Sobre la creación, he escrito en todas partes. Tengo una novela inédita con tres planos de contexto diferente, se entrelazan como vasos comunicantes. La comencé en México, la seguí en Barcelona y la terminé en Estados Unidos. En cada país escribí un plano. No me lo planeé, así ocurrió. Pasaron muchos años hasta el punto final. Siempre que haya una pluma y papel, puede uno defender el tiempo y hacer lo que le toca.
LRCh: ¿Me podrías hablar de ti como lector? ¿Obras, autores que frecuentas, que te definen, tus favoritos?
JMFL: Mis primeros años como lector devoré gran parte del Boom latinoamericano. Pese a mi edad, seguía siendo esa generación mayor un imán para muchos, sus olas aún llegaban hasta nosotros. Me maravillaron Cien años de soledad y Conversación en la catedral, por mencionar dos obras mayores.
Pero, por otro parte, tengo una novela entre mis favoritas, una novela quizá no tan conocida, de un autor quizá olvidado: Triste domingo, de Ricardo Garibay. Anhelo releerla, ya no se consigue, sólo en sus obras completas; y aquel libro me lo prestaron: siempre los regresé.
Después me marcó mucho Don Quijote de la Mancha, aunque no logré leerlo sino hasta el tercer intento. Me parece un libro de sabiduría, divertido y sumamente tierno. Es mágico. Lo mismo me ocurrió con Los miserables.
Ulises, de Joyce, fue muy importante también. Me di cuenta de que todo está permitido, me abrió las posibilidades, me liberó como creador. Me sumergí en ese canto como hipnotizado.
En poesía quisiera mencionar tres autores: Octavio Paz, Gonzalo Rojas y Vicente Huidobro. Los tres me marcaron y fue un antes y un después en mí como lector y como creador. Los tres por lo mismo: el ritmo. Comprendí el ritmo en la poesía. Esa revelación la cambia todo.
Con Octavio Paz fue por su poema Piedra de sol. Con Huidobro por Altazor. Y con Gonzalo Rojas por cualquiera de sus poemas, por su respiración, que funda un ritmo y una estructura.