En los últimos años del siglo XIX, el río San Juan de Dios ya era la frontera que marcaba la existencia de dos Guadalajaras: la del poniente, de tez blanca, apellidos extranjeros o compuestos, de tertulias literarias y de ropa que dictaba la moda francesa; en cambio, el oriente era moreno, harapiento, a veces huérfano y violento; por eso al caserío que se estableció atrás del hospicio Cabañas se le denominó el Barrio del Alacrán, en concordancia con los peligros que sortearía cualquier alma osada que se atreviera a cruzar el incipiente asentamiento de barracas y tierras de cultivo abandonadas. Para mejorar las condiciones de los lugareños, Clementina del Llano, una mujer extremadamente rica, invirtió parte de las fortunas heredadas de sus padres y esposo en la construcción de un complejo arquitectónico, con la finalidad de dotar de servicios a la comunidad allí establecida. Para 1901 ya funcionaba un hospital, una escuela y una capilla, la única condición que puso la benefactora fue que la escuela llevara el nombre de San Simón, en honor de su hijo, muerto a los seis años de edad, mientras que la iglesia y el hospital se consagrara a San Martín de Tours, como homenaje a su esposo.
Yo pasé toda mi adolescencia en el Barrio del Alacrán un siglo después, cuando todos sus habitantes ya habían olvidado el nombre primigenio del barrio y ni siquiera lo denominaban como una colonia; a lo sumo manifestaban su pertenencia territorial con el nombre de una calle o de un número, tal y como se ordenan las zonas de muchas ciudades.

Por la Calle 28 vivía mi mejor amiga; por la 32, pero hasta la esquina con Obregón estaba el Janitzio, una vieja cantina con sus pequeñas puertas abatibles, que se tenían que empujar al mismo tiempo para entrar, como si se tratara de habitar una película western. Muchos años después, Pedro Almodóvar departiría en esa misma cantina, en su única visita a la ciudad. En la 38 aún se instala El Baratillo; entre la 34 y la 32 estaba la primaria a la que asistí; sobre la calle de Gigantes, entre la 30 y la 32, existió un estadio de futbol que perteneció al Club Deportivo Oro; mi abuelo les fabricaba los balones a este equipo de Tercera División; en la 58 se anunciaba, con luces de neón, La Comanche, un famoso prostíbulo y, a unas cuadras de allí, La Malinche, un antro gay.
De manera casi imperceptible, me rodeé de un grupo de amigos, extraños para todo el mundo menos para mí: en mi lista de cuates estaba al que le gustaba brincar de azotea en azotea, por una temporada le dio por usar delineador para los ojos, era fan del heavy metal y de Silvio Rodríguez; mi amiga, con la que podía pasar horas enteras escuchando acetatos de música clásica, mientras escribíamos obras de teatro que luego representaríamos en el auditorio de la parroquia de San Martín; un amigo que coleccionaba cactáceas, timbres postales, castillos de Lego y fotografías viejas de la ciudad: juntos inventamos el pasatiempo de subirnos a los campanarios de las iglesias del centro sin pedir permiso a nadie, porque siempre que lo hacíamos nos lo prohibían.
En 1983 comenzó a circular un trolebús que salía a unas cuadras del mercado Felipe Ángeles, tomaba la calle Industria como parte de su ruta para llegar hasta a la Minerva y el regreso lo hacía por Hidalgo, que luego cambiaba a República. Para hacer la traza de esta calle desaparecieron muchas casas, incluido el baldío terregoso que hacía las veces de cancha para los entrenamientos deportivos de la primaria: ese lugar ya no podrá atestiguar que, un día, mi equipo de futbol ganó el partido gracias a un gol que metí, lo recuerdo con claridad por tratarse de la única hazaña deportiva en mi vida.
Con la apertura del par vial, Industria, la calle en la que vivía mi abuela, se transformó en una avalancha de tráfico constante. Cierto día, como a las ocho de la mañana, mientras ella cumplía con su ritual de barrer la calle, una ráfaga de viento provocado por el camión eléctrico en movimiento levantó su capa tejida, la prenda quedó enganchada en el pasamanos del camión, mi abuela, como acróbata improvisada, no tuvo más opción que treparse de un brinco al transporte, sin dejar de sujetar el recogedor y la escoba y, ante la mirada atónita de los pasajeros, el chofer le pidió que pagara su boleto.
En una de las expediciones por el centro de la ciudad, en el reto de nuevos campanarios por escalar, mi amigo el coleccionista y yo encontramos, en la calle de Donato Guerra, un edificio que teníamos ganas de conocer porque nunca había estado abierto: entramos por un pasillo prolongado, casi en penumbra; en la medida que avanzábamos, el ruido y el calor parecían menguar; sin previo aviso apareció un enorme patio radiante por la luz de la tarde, rodeado por una arquería de dos niveles. El lugar nos cautivó: estábamos en el corazón de lo que había sido el convento de Santa Teresa de las Carmelitas Descalzas, construido en 1695. El lugar lo habían habilitado como fonda: la primera vez que llegamos allí, pedimos un café y nos explicaron que aún no les había llegado la máquina para preparar expresos, así que nos conformamos con agua caliente, un frasco de Nescafé y un té de bolsita; después de varias tazas de agua caliente, se nos ocurrió que podríamos convocar a otros amigos para reunirnos una vez a la semana, cada quien propondría un tema para conversar: nuestro debates duraron sólo un par de meses y nunca llegó la máquina de los expresos, pero, en una de esas reuniones, la conversación fue sobre la matanza de Tlatelolco; yo me había enterado del movimiento del 68 cuando, haciendo una tarea en cuarto año de primaria, por accidente abrí un libro cuyas fotografías nunca olvidé: se trataba de La noche de Tlatelolco, estaba allí en las estanterías de la biblioteca situada frente a la penal de Oblatos, que en mis fantasías me parecía más un castillo embrujado que una cárcel. Las crónicas de la Poniatowska eran el único texto que se podía conseguir con relativa facilidad, aun cuando Luis González de Alba, José Revueltas o Luis Spota ya habían escrito sobre el tema desde los años setenta; no obstante, en los libros, el Movimiento Estudiantil no se mencionaba y la única película que existía, hasta ese momento, era un documental imposible de conseguir por aquellos años. En aquella reunión mostramos indignación al saber que habían colocado los restos de Marcelino García Barragán en la rotonda de los Jaliscienses Ilustres y que Boulevard Tlaquepaque cambió, para llevar el nombre de ese personaje.
Faltando algunos días para octubre a mi amigo, el coleccionista, se le ocurrió que deberíamos protestar por la masacre de los estudiantes: pensamos en algunos cartelones o algunas pintas, estuvimos planeando varias posibilidades, pero implicaban recursos económicos o incluir a un gran número de personas y no contábamos con ello, así que optamos por algo simbólico: el 1 de octubre, después de un ensayo de una pastorela con el grupo de teatro parroquial, caminé hacia la casa del coleccionista, conversamos hasta la medianoche; cuando su tía Bertita ya dormía, salimos de su casa. Caminamos por Belisario Domínguez, a media cuadra para llegar a Javier Mina, un carro estacionado encendió sus intermitentes: era un automóvil viejo, largo como si se tratara de una carroza; cuando descendió uno de los vidrios, una voz femenina preguntó, desde el interior:
—¿Son ustedes? —mientras arrojaba una colilla de cigarro al pavimento.
Coleccionista asintió con la cabeza, mientras abría la puerta delantera. Desde el espejo central vi el rostro arrugado de la conductora: era una mujer delgada, de pelo blanco atrapado en una trenza. No hubo ninguna presentación, ni saludos. El auto arrancó, sembrando un rastro de humo denso en el asfalto; el tráfico, casi inexistente de las madrugadas en los ochenta, hizo posible que, en cinco minutos, estuviéramos en calle de Liceo: primero, rodeó varias veces la rotonda para cerciorarse que no hubiera ninguna patrulla o transeúntes; después, se estacionó frente a la escultura de García Barragán, sacó tres botes de yogurt y nos dio unos guantes de plástico.
—Si nos agarran con las manos manchadas, ya nos llevó la chingada —nos advirtió la mujer.
Decidimos que el coleccionista, por ser el más alto, se subiría al pedestal de la escultura para verter la pintura roja; yo, desde el piso, le iba pasando los botes abiertos y la mujer seguía dando vueltas en su carro por la rotonda, para vigilar. Ocurrió todo en menos de un minuto: el monumento había cambiado de color, el rojo escurría hasta el pedestal: El carro avanzó sobre 16 de Septiembre, no hablamos durante varias cuadras, tal parecía que todos los sentidos se concentraban en la vista, tratando de comprobar si alguien nos seguía; viró para tomar Revolución hasta llegar a la plaza de la Bandera, nos estacionamos frente una pequeña placa en cantera que anunciaba el nombre de la calle: Boulevard General Marcelino García Barragán, allí la conductora nos dio indicaciones; el cofre del carro permanecería abierto, nosotros fingiríamos revisar el motor como estrategia para avistar alguna patrulla; a unas cuadras había un cuartel de la policía. Ella sacó una barra metálica que había permanecido bajo su asiento; caminó con decisión, golpeó uno de los extremos de la cantera rectangular y, en segundos, se desprendió para caer a la banqueta, el impacto la convirtió en fragmentos de piedra porosa, abordamos de nuevo el carro. Ella encendió un cigarro y colocó un casete, People Are Strange de los Doors; nos acompañó hasta el mercado Rizo, en los linderos de Analco, desde un teléfono público hablamos a cinco periódicos para contar lo que habíamos hecho. Minutos después, la mujer nos dejó en el mismo punto en que nos había recogido. Antes de arrancar nos dijo, sonriendo, sacando la cara por la ventanilla:
—Ya pórtense bien, cabrones.
Pensé que sólo me quedaban tres horas para dormir y llegar a la Vocacional a presentar un examen parcial de física, mientras un automóvil viejo, largo como una carroza, se iba convirtiendo en madrugada.