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La voluntad del vigía

Guillermo Fernández Argentina


Después de mucho tiempo, de tantas horas al sol en esa casilla de la entrada, Juan Sisco entendió su misión en el corralón. Nada debía entrar ni salir sin que él lo anotara en ese cuaderno sucio con polvo de ladrillo. Ese día, hacía ya cuatro años, de esa mañana de abril bajó la cabeza en señal de acatamiento. Necesitamos hombres de carácter, escuchó en esa misma mañana, gente que cuide sin preguntar demasiado. Alonso Rey le puso la mano de jefe en el hombro, le entregó unas hojas y el cuaderno negro con tapas de hule. Ese acto cerró su cometido y su silencio.

Pasaron muchos veranos por su oficina. Así llamó Don Rey a ese cuarto, con una sola ventana atascada que nadie pudo abrir. No se animó nunca a pedir ayuda, alguien que la abriera, aunque sea a golpes. Su puesto le imponía ese uniforme gris, esos botines con suela rota y la costumbre de callar y la de responder con media sonrisa a cualquier saludo. La costumbre se había anidado en su cuerpo, se había acurrucado en sus entrañas, como si un animal extraño hubiera adentrado de a poco en él y se hubiese tragado su voluntad, sus ganas de pararse y salir corriendo por el campo.

A veces, Sisco sentía un cosquilleo en su estómago, luego le venían arcadas. Alguien pujaba por salir, pensaba. Sentado en su silla de paja sostenía su cabeza en una palangana, por el miedo a ensuciar, a escupir ese cuerpo y que Don Rey supiera sus deseos de fuga. Una vez vomitó el resto de un guiso que le habían traído para almorzar. Sonrió. En el líquido oscuro nunca pudo revolver sus intenciones.

Una mañana se acercó a su puesto una camioneta sin chapa. Vino por el camino de tierra, levantando mucho polvo. Sisco se tapó la cara con las manos. Dejó con paso lento su cabina para esperar un saludo. Fue inútil. Un hombre al volante le hizo un gesto con el dedo índice. Sisco vio una loneta verde y el borde de un cajón en la parte de atrás.

Iba a llamar a la oficina por las dudas. El conductor se levantó los anteojos oscuros y dejó ver su cara de permiso, de una autorización que nunca iba a acordar con su impertinencia de dar aviso. A pesar de que Sisco no había recibido instrucciones de la carga, sabía que no podía alterar con un llamado la marcha de los acontecimientos.

El sol que se había convertido en un enemigo para entablar un diálogo, la conocida molestia en el intestino de Sisco, que bien podría ser el mensaje de esa bestia interna que arañaba sus vísceras y que pugnaba por desertar, y la impaciencia que ya se incrustaba en el rostro del intruso, indicaron que el bulto debía entrar al almacén sin mucho trámite.

Abrió el portón sin esperar órdenes. Le alcanzaba con el silencio, su indisposición estomacal para abrir la puerta de rejas y dar paso. Iba a escribir lo sucedido en el cuaderno de tapas negras. Se detuvo. No hubo nada parecido a un saludo para anotar. Sisco se había topado con alguien de anteojos oscuros que sólo traía un cajón envuelto.

El tiempo sin acontecimientos se parece a una herida abierta a la espera de sutura. Sisco esperó en vano un llamado por teléfono. La camioneta hacía rato que había entrado y desde su puesto no podía distinguir el movimiento de descarga, esos gritos o ruidos de las herramientas para abrir la caja.

Iba a llamar por teléfono. Podría ser una señal de custodio diligente, atento al peligro. En el instante en el que iba a levantar el tubo y empezar a discar, escuchó un ruido tan claro como el miedo.

Hubo gritos y varios disparos. No iba a llamar. Su obligación, por ahora, era escuchar y esperar. Miró la palangana por las dudas de que la necesitara. Las tripas comenzaban a tironearlo. No quería que lo vieran descompuesto, pálido, tirado en la silla, boquiabierto para facilitar que el cuerpo extraño lograra emerger.

Vio una silueta que corría hacia su cabina. Escuchó el motor de la camioneta. Nunca lo sorprenderían vomitando. Salió de su puesto para esperar aquello que ya intuía. Su teléfono sonaba. Debía esperar órdenes.

Todavía está ahí, Sisco, escuchó. No pudo contestar aquello que la voz esperaba que dijera, ese seguro, no voy a fallar.

Ser incondicional implica estrujar el miedo y, sobre todo, dar a conocer firmeza. La lealtad y la disciplina se tragan de a poco, desde chico con el primer castigo, con ese morderse los labios para no acusar.

Sisco empuñó el revólver. Tendría cuidado con la muerte ajena. Pudo distinguir que el hombre que venía hacia él arrastraba la pierna derecha. Lo seguía la camioneta. Escapaba de los disparos. Pedía auxilio. En su guarida de custodio iba a estar a salvo. Entró y se escondió debajo de la mesa. Ya no había nadie para ayudar al herido.

Desde su escondite, Sisco escuchó cómo forcejeaban la puerta de su garita. La había cerrado con llave. El hombre de la camioneta le gritó a alguien que escapaba. Llevaba la misma pistola que el centinela. No hubo disparos. Pelearon mano a mano.

Nadie escaparía. Ni el sol que castigaba la cabina con llave. Había que cerrar los ojos para no ver la muerte ni la traición.

Te digo que abras, vení a ayudarme. Reconoció la voz de su jefe. Se acomodó el uniforme y guardó la pistola. Nada del miedo sería visible. Sisco salió de su cabina. Él lo esperaba en la puerta. Algo de sangre le manchaba el pantalón. Atrás, muy cerca del patrón, estaba el hombre del furgón. Había quedado con los ojos abiertos y una herida de puñal en el cuello.

Alonso Rey, el dueño de todo, con la voz de esa primera mañana, la única que lo había recibido y le había asignado sus funciones, le ordenó arrastrar el cadáver y cavar una fosa. Del auto, del cajón me voy a ocupar yo. No es necesario que te pongas guantes. En minutos viene la policía. Alguien en el depósito avisó. De ahora en adelante vas a llevar una muerte a cuestas. A todos nos pasa lo mismo, la mayoría crece sin reconocer el cadáver.

Cuando llegó el patrullero, Sisco esperaba sentado en su silla. Mientras lo esposaban su patrón hablaba de su valentía, del empeño que había puesto en defender su función en el depósito. Pidió una condena mínima, a pesar de la muerte. El oficial asintió con la cabeza y se acomodó la chaqueta. Nada estaba en sus manos. Había un crimen de alguien joven que, de seguro, tenía derecho a la vida.

Lo dejaron revisar su puesto antes de subirlo al patrullero. Rey dio orden para que lo trataran bien. Él también disponía sobre la conducta de la policía. En las afueras, Sisco con una pala puso al descubierto su culpa ante la autoridad.

Mientras desenterraba sentía aliviado su estómago. Rey presenciaba su tarea junto a los oficiales. Era una manera de cerciorarse de que el crimen saliera a la superficie y de que por fin todo estuviese en orden. El castigo bien podría ser una manera de reparar un injusto desorden social.

A los seis años de prisión, Sisco salió de la cárcel. Nunca pudo saber con certeza si su patrón había logrado reducir la pena. Mientras esperaba para salir de la celda, le leyeron los motivos de la decisión judicial. Hablaron de buen comportamiento y de una extraña docilidad al trato con otros reclusos.

Nunca pudo llegar a conocer en qué consistía la libertad. El malestar en el estómago lo perseguía de tanto en tanto, después de tragar, después de que su boca se llenaba de saliva. Entonces, debía esperar un buen rato para distraerse con algo.

Entendió a la fuerza que el dolor era cuestión de tiempo, de saber masticar los bordes irregulares de la costumbre.

Ahora estaba en la calle, sujetaba la bolsa con ropa de preso. Caminó rápido, corrió sólo para apurar lo que le quedaba de vida. Ni siquiera logró que la gente se detuviera al verlo pasar. De ahora en más, le convenía ser sombra.

La prisa duró apenas unos minutos, los necesarios para poder desentrañar un bulto informe. Caminó lento, cuidando su paso hasta llegar a una esquina de un baldío con escombros. Sobre unos ladrillos todavía con revoque, estaba esa silueta. Conocía esa figura y sabía qué le iba a pedir.

No hubo conversación. Los dos conocían sus palabras. El silencio era sonido, reclamo y volver a una tarea ingrata. A los dos lo esperaba un auto, la misma casilla y un cuaderno con algunas hojas en blanco.


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