Sangran los ojos
del rincón sin nombre
de la especie bélica
que olvidó su alma
al habitar un mundo
irreconocible
de dolor
de desarmonía sin humanidad.
Rota
deshecha inconsciencia
cansada de una niñez sin memoria
de guerras atravesando el pecho.
Pero no
no se puede des-saber lo vivido
ni des-sentir lo sentido.
Y entonces arde
arde este anhelo brutal
de una especie más alta,
más limpia,
más incapaz de herirse a sí misma.
Una especie que no necesite aprender la paz
porque jamás olvidó cómo venerarla.
Sin embargo
nos mordemos entre nosotros,
nos creemos ajenos,
sin saber que nos lloramos en distintos cuerpos,
misma carne, misma conciencia desangrada.
Hagamos trizas esta historia repetida
de frías y ataráxicas estadísticas.
¡A reconstruir!
con manos nuevas
con miradas que no conozcan el odio
con palabras de sosiego.
Entender —con rabia sagrada—
que no somos víctimas la guerra
somos su pausa eterna.
Y decirlo
con certeza
con poder
con compasión.
¡Ya no más!
Ya jamás
lastimaremos
nuestro mundo.
El universo late un instante que pronuncia tu nombre.
Por eso
consagra el suelo, altar invisible bajo tus pasos
recuerda al polvo que alguna vez fue estrella.
El cosmos inhala y exhala presencia a través de ti
respira amor y suspira comprensión que abrace
permite a tu nervio vago ser un conducto sagrado.
La tierra es madre que canta a tus raíces
tejiendo puentes secretos
despierta el resplandor de tu cerebro
siente mareas tibias del corazón
calentadas a fuego lento en tus entrañas.
Eres el axis mundo,
columna de poder metálico y brazos abiertos
agradece ordenando el caos, ama creando ruiseñores
y colibríes del color de las cascadas.
No hay objeto pequeño, no hay gesto inútil:
la cucharilla que giras en tu taza es galaxia
en espiral obedeciendo a tu mano que aprendió
la plegaria de tocar la inexistente materia.
Sacraliza la mirada hasta que cada rostro
sea un templo respirando,
hasta que cada herida ajena te revele
la ternura propia que aún no has pronunciado.
Porque tu legado humano no es estar sobreviviendo
es recordar que puedes encenderte desde dentro
es despertar el idioma de la luz en tus huesos
es entender el umbral de tu sangre que te guía
a ser un cuerpo más fino, más cierto.
Y un día
al abrir tus párpados como sol de la mañana,
no dividirás lo sagrado de lo cotidiano
entenderás en éxtasis continuo,
la sencillez de ser la vastedad de la existencia.