Dicen que el mayor honor consiste en ser arrancada de la infancia de esta manera: ser escogida, moldeada, considerada como especial; en definitiva, dejar huella en el tiempo. Yo tenía apenas cinco años, y sin embargo, ellos —mi padre, el rajá, el pedanda*— ya habían visto todo lo que necesitaban ver: mi agilidad y mi indiferencia ante la magia que podía conjurar con mis pequeñas manos. Como hombres, no les servía de nada eso que llamamos ego, excepto el suyo propio, y yo no tenía nada que ofrecer al respecto.
Con ternura me despidieron para que cumpliera mi destino, y a través de las salas y los pasillos del templo con mis ojos, mis pies y mis dedos creaba aquello que añoraba de mi infancia: mi madre, mis hermanos, mi hogar. Y al aparecerlos allí, aprendí un nuevo idioma. Con un simple movimiento de muñeca puedo invocar a los demonios más malvados y pegarlos a sus asientos. Ordeno al gamelán que cree música al ritmo que marco con mis pies. De vez en cuando, alguien del público grita lo hermosa que soy, incluso con el tocado torcido, y yo simplemente lo fulmino con la mirada.
Últimamente, sin embargo, he llegado a anhelar la presencia de una chica que viene a nuestro templo a ayudarnos a recibir a los visitantes. No es bailarina, pero me cautiva su orgullosa y desinhibida feminidad. La veo como si fuera de cristal. La serenidad con la que yergue la cabeza, tan distinta a la mía. El cabello color coral que un pintor enamorado podría convertir en llama, la mirada baja que no se disculpa por nada, ni siquiera por llevar esos horribles pendientes que hacen que sus orejas parezcan mangos.
Envidio la quietud de sus movimientos, de su ser, como un don divino reservado sólo a los no elegidos. ¿Acaso hay un atisbo de tristeza en sus ojos? ¿Tal vez tenga amor para dar, pero ningún lugar para refugiarse? Quizá sólo la haya soñado. ¿De qué sirve la grandeza si no se te permite la gracia que tú misma has forjado?
Hay muchas clases de deseo, y me pregunto si existe, entre mi eterno movimiento y su etérea mundanidad, un lugar donde podamos encontrarnos plenamente, ocultas de los hombres.
* “Pedanda” se refiere a los sumos sacerdotes del hinduismo balinés. Son miembros de la casta brahmánica, la más alta de la sociedad balinesa, y cumplen roles espirituales y ceremoniales importantes, como preparar el agua bendita y oficiar en rituales vitales como bautizos, bodas y funerales.