El tren se mueve, y las caras se tornan borrosas, como si no estuviesen dentro y la velocidad desdibujara sus límites definidos. Pero dudo que sea cuestión de rapidez, tal vez sólo se trata de mi incapacidad de concentración. Mis pensamientos parecen igual de difusos que los límites de las caras que no puedo procesar, tenues y angustiantes.
Hay ruidos por todas partes, hay una sopa de letras en mi cabeza, donde se vuelve complicado hallar palabras cuando cada letra se multiplica con un ritmo desenfrenado, ruidos y palabras fragmentadas, infladas por el aire, un chillido del tren que no puede detenerse a pesar del cansancio, teléfonos sonando al tacto de sus conductores, niños llorando las cosas que no saben expresar, ruidos, ruidos que no forman un solo sonido, ruidos que alargan su existencia innecesariamente.
No me gusta mi mente, no me gusta que se detenga tanto, tengo un cerebro tartamudo.
Los ojos de mi vecino en el transporte van de un lado a otro, e imagino que sus diálogos podrían ser más fluidos, y de la suposición, tal como burbuja, se forma mi envidia.
El hombre se baja en la estación próxima de la que captó mi atención, donde su cara retomó el margen, llevándose sus ojos imparables y los pensamientos fluidos.
Rojo en mis zapatos, busco algo que les combine.
Carmesí, esos labios carmesí mal puestos en alguien a quien no le hacen juego, no lleva rojo en sus zapatos. Sus dedos tamborilean una canción, la canción que cobra sentido dentro de un cerebro que no es el mío. Qué lástima ver en ella esos labios carmesí.
Intento proyectarme en alguien más, sugestionarme de expresiones que parezcan más interesantes, pero todo me lleva al rojo en un bucle obsesivo.
Volteo a intervalos breves, para asegurarme de que sigue ahí.
Borroso, todo es borroso, incluso lo que pienso, todo menos el rojo, un color en el que se anclan mis pensamientos, y empiezo a funcionar, la atención encontró su motivación, pero no la quiero. Me pregunto, intrigada (no quiero ese tono tan básico), si no lo he elegido, ¿yo no soy yo? Y llego a la conclusión: sólo somos una máquina satisfaciendo la diversión de alguien más, por tanto no debería sentir culpa por querer esos labios de un cuerpo que hasta hace rato no distinguía. ¿Será consciente de que carece de importancia?
Muevo las piernas y empiezo a ser vista. Me sonríen y devuelvo el gesto. Veo en los ojos de este personaje cansancio, incluso un tono amarillento alrededor de sus lunas. Su vida no me interesa, parece un triste trabajador más, de esos que abundan en el tren, y yo siendo tan sólo una niña carezco de experiencias. No quisiera llenar mis espacios con la monotonía de las tardes que se viven sin conciencia. Mi piel se eriza de coraje, y me repugna haberme detenido en ese rostro; no puedo disimular mis ganas de vomitar.
Bolo histérico, se me ha atorado su cara con pelos en la garganta, pero el reflejo me ha servido para alejarlo.
Canciones, suenan las canciones, pero se me obstruyen los giros, y vuelvo a maldecir este cerebro tan incompetente, que se tapa como cañería ante los estímulos indeseados. No quiero que nadie me mire con asco, y sé que tal vez lo merezco, pero no lo quiero, y es confuso, cerebro confuso, porque me han sonreído con amabilidad, pero al verme en los ojos que me buscan la simpatía, termino en el reflejo, y formo parte de las caras con pelos; entonces, me aborrezco.
Las ventanas del tren no abren, debí haberlo pensado antes de iniciar mi cacería porque, maldita sea, me he visto, me he visto el rostro, y al querer mirar mis zapatitos de cereza se han perdido, sólo veo el óleo manipulado, una mancha roja amorfa, perdí lo único que tenia de mí, y vuelvo a ser sólo el cascaron. El rojo, en verdad necesito el rojo, pero las ventanas no abren, y he recordado que sufro claustrofobia.
Ella se para, menea la melena, distorsiona el aire, estúpida inconsciente, ¿qué no ve que se va a acabar?
No tengo alternativa.
Las puertas se abren, se contonean sus telas, estúpida.
Voy detrás de ella, esperando que suelte en sus pasos el rojo carmesí, espero que se me pegue en la piel. El shock de oxígeno me devuelve la imagen, y como si fuera ajena a esta carcasa, me veo, y la veo, y caigo en la cuenta de que sus zapatillas son café, y la compadezco, mujer alta y carente de conciencia, no merece el rojo que no piensa compartir, así que el cuerpo pequeño, al que decido no habitar la lanza, con los zapatitos color cereza, le patea las sentaderas en dirección a las vías, las que acarició ese tren del que salieron, apresuradas, la mujer labios de carmín, y la pequeña calzado de cereza.
Y ahí está la escena, donde los labios dejaron de ser dignos de envidia, donde el rojo las envolvía a ambas, y una pequeña niña arrodillada, comiéndose la boca del cuerpo largo, pretendiendo alcanzar a masticar el cerebro que coordinaba sus movimientos, y así ser alguien diferente, para tener historias más interesantes qué contarse a sí misma por la noche, cuentos lindos de cuna, de otra niña que aprendió a pintarse la boca y ahora le regala a los zapatos de cereza la sangre que le colorea su paladar caníbal, y por supuesto, los labios de rojo carmesí, debajo de todo ese flujo.