Nunca había conocido a un ser más repugnante que el señor Francisco, un tipo de nombre común, con aspecto poco memorable. Para ser sinceros, por más que lo intento no logro recordar su rostro, pero lo que sí recuerdo es el aroma, ese dulzor podrido que le salía del pecho.
El hombre que exponía su corazón, el hombre que quería morir, pero no podía.
Algunas personas dicen que no salía de las rachas del mal de amor, y que el ingenuo no aprendía nada, que a cada mujer (y creo que alguno que otro hombre) le llegó a dar un cachito de su órgano. Lo que la gente no especifica es si lo hizo por ser un sujeto romántico o por depresivo.
En cada corte ponía una etiqueta; eso sí, el tipo era poeta.
El señor Francisco perdió sus rasgos, quizá por eso me resulta difícil recordarlo. El pobre vistió su cara de duelo, y aquí entre nos, el señor Francisco tenía la sangre tóxica, dicen los doctores que se le contaminó de tristeza, y que la tristeza cuando sale de un corazón mocho es mala para las células, por eso era un hombre deforme, lleno de historias incompletas.
Dicen que un día no soportó, que le dio un infarto, pero que por los hoyos que construyó para sus enamorados el corazón le respiró.
Jamás se recuperó de ese suceso, el pobre quedó trastornado.
Recuerdo haberlo visto en el mercado. Eran épocas decembrinas. En el bolsillo del pantalón cargaba un reproductor de música, de esos de los viejos, y unos audífonos doblados, por los cuales salía un villancico extraño; creo que sus oídos se descompusieron y los cables se adaptaron a soltar un sonido acorde a su naturaleza.
En verdad me daba asco.
Ese día vestía unas sandalias, una camisa interior blanca y un bolso de cuero falso, el cual iba dejando pedacitos de sí por el camino, creo que imitaba al dueño; qué curioso, en el bolso también guardaba cosas inservibles.
No sólo iba dejando pedacitos de cuero sucio; en el camino vi sus poemas no entregados, y sólo en ese momento sentí lástima.
Las hojas que se desprendían estaban bañadas de un líquido viscoso. Fue el primer contacto que tuve con ese asqueroso aroma que venía de sus adentros.
El señor Francisco llevaba en el bolso dos mandarinas y un cuchillo.
La verdad no me acomedí a juntarle sus escritos.
Y más tarde la noticia: el señor Francisco utilizó el cuchillo, con cortes amorfos se rompió la carne, y de un solo corte separó su corazón del sistema.
Francisco quiso morir, lo sé porque lo dejó escrito con su propia sangre, con su letra redonda por todas partes:
He descubierto que no puedo ser amado, pero he vivido durante un largo tiempo para entregar mi corazón, lo he entregado por partes, a veces me pregunto si no fueron lo suficientemente grandes, pero no quería morir para poder seguir amando. Siento que se me ha quedado en las manos, efímeras y vacías, que no han tenido más que dolor para untarme, pero aun así las he amado, sin sentido, sin rumbo, pero esas manos han olvidado mis sentimientos por cualquier parte. Por las mañanas siempre salgo a pasear, mis ojos buscan cada día algo para amar. No soy una persona mala, sé que tengo los dientes feos, sé que mi cuerpo a veces da asco, lo sé porque lo siento, siento estas cosas por mí mismo, pero este cuerpo aun así sale a pesar del cansancio, y estos dientes le sonríen a la vida, creo que es razón suficiente para ser contemplado.
No pido ser amado, pero se me desdibuja la sonrisa, se me apaga la boca y se me arrancan las cejas cuando veo por el piso entre las hojas, insignificante. El corazón que regalé, el pedacito que separé de mí. He descubierto que mis partes no lo consiguen, que no puedo ser amado, por eso me voy.
La biología de Francisco es sumamente extraña.
Se arrancó el corazón esta vez entero, lo puso bajo el grifo de agua. Un corazón blanco, deforme, con canciones que nadie pudo entender.
Francisco dejó su corazón, le dio un beso, pero ni uno de los dos sintió algo, puesto que el beso no estaba cargado de cariño. Un hombre con amor, pero no para sí mismo. Sus labios se apagaron aún más. Esperó a ver la niebla cobijar sus ojos, pero eso no pasó.
En ocasiones vi a Francisco en el mercado, su cuerpo acostumbrado a caminar sin calor; vaya hombre resistente; no tener cobija sobre el pecho sólo le causó ese mal olor a tejido expuesto y putrefacción, además de una ronca tos.
Decía que él mismo había olvidado dónde dejó su corazón.
“He descubierto que no puedo ser amado, por eso me voy”, dejó escrito antes de partir de las manos que lo arrancaron y que no le dieron importancia a dejarlo fuera.
Creo que por alguna parte el hombre sigue resistiendo, insignificante. A veces espero encontrarlo entre las hojas secas.