Desde mis primeros intentos pictóricos, en los que trataba de representar alguno de los objetos o frutas que mi abuela acomodaba ingeniosamente para pintar bodegones al óleo, y yo como verdadero aprendiz acometía el trabajo, con el reducido conjunto de colores que contenía una pequeña cajita metálica de acuarelas Windsor & Newton, que ella me había regalado un día de mi cumpleaños, en el que me nombró su ayudante oficial, poniendo formalmente algunos pinceles en mi mano.
Recuerdo que me dijo: “Con estas diez pastillas de color, un poco de agua y tu creatividad, vas a descubrir miles de tonalidades que ahora ni te imaginas”, probablemente al notar cierta duda en mi rostro que ingenuamente esperaba encontrar en el interior de la caja una mayor cantidad de colores. Desde entonces guardo un particular afecto por la acuarela; ni me considero experto ni pretendo serlo, pero sí un honesto y amoroso practicante que trata de ejecutarla, sin trucos ni engaños, ortodoxamente.

En la escuela secundaria, los trabajos y tareas de cualquier materia invariablemente los presentaba, en portada y viñetas, con algunos diseños barrocos y letras capitulares, ejecutados a la acuarela. En la preparatoria esto se incrementó, con el aporte de mi experiencia y práctica de la pintura en la Escuela de Artes Plásticas simultáneamente, y al ingresar a la Escuela de Arquitectura, mi sorpresa fue gratificante al encontrar, en el primer día de clases, dos grandes botes metálicos para basura repletos de planos en papel mantequilla y albanene y varios recortes de cartulina Fabriano, conteniendo apuntes a la acuarela y perspectivas cuidadosamente elaboradas de proyectos presentados en el curso del ciclo anterior. Guardo memoria de dos espléndidas láminas que recobré y conservé por muchos años, una que mostraba un mercado en un poblado de la sierra, con su iglesia, kiosco y parroquianos, ejecutada por Gonzalo Villa Chávez, y otra, la vista aérea de una residencia en Chapala, que mostraba un ingenioso diseño de techos de teja en caprichosos encuentros angulares, ejecutada por Federico González Gortázar. Desde ese día me mantuve al pendiente de don Tomás, el guardián mayor de la escuela, para ir tras él cuando hacía la limpieza de la dirección y se tiraban trabajos viejos. Desde entonces, en mi modesto despacho, frecuentemente se encontraban varios restiradores con papel preparado, que simultáneamente trabajaba, en tareas mías, la de algunos compañeros y trabajos por encargo, para aprovechar al máximo mi tiempo y los colores preparados en godetes de diversos tamaños.
Para celebrar un aniversario de fundación de nuestra Escuela de Arquitectura, se invitó a participar a maestros y alumnos que practicaran la pintura, para exponer en una colectiva que se presentaría en las salas del hospicio Cabañas. Las obras se fueron entregando en el propio hospicio y quien esto escribe participó con una acuarela en cartulina Arches a pliego entero, de la basílica de Zapopan.
El día de la inauguración acudimos engalanados del brazo de nuestras novias, ya que la mayoría nos manteníamos solteros; se cortó el listón al final del discurso oficial que pronunció nuestro director, Humberto Ponce Adame, y se procedió al recorrido. Dos grandes salones que en su intersección formaban una L mostraban una centena de obras ejecutadas bajo todo tipo de técnicas, donde la acuarela dominaba en magníficas expresiones; casualmente a nuestro lado caminaba el entrañable maestro Alfonso de Lara Gallardo, quien atinadamente comentaba sobre las obras expuestas en muros y mamparas; al llegar al ángulo de encuentro de las dos salas, en la esquina principal y montado en un caballete, profusamente iluminado, se encontraba una acuarela de la basílica de Zapopan, que nos impresionó por tan singular montaje. Al acercarnos sorprendidos descubrimos que se trataba de mi obra. Nunca olvidaré las palabras tan generosas que me brindó el maestro Alfonso, preguntando interesado sobre mi técnica y culminando el diálogo con una calurosa felicitación por mi trabajo que le sorprendió gratamente.
Al paso de los años, conservo un sólido afecto por esa noble técnica, que para muchos ignorantes puede considerarse como pintura menor; para mí, por el contrario, merece lugar aparte, al grado de que cuando fue posible, en el Salón de Octubre, que coordiné por varios años, se aumentó la técnica de la acuarela como una disciplina aparte en igualdad de circunstancias que la pintura y la escultura, con el ánimo de que fuera calificada entre pares y no entre óleos o piroxilinas.
Y a pesar de los años y las miles de obras que he podido admirar, me sigue sorprendiendo gratamente el mágico resplandor y la luminosidad vigorosa que logra abrirse paso entre las tonalidades oscuras del conjunto, al dejar un breve espacio del papel, sin pigmento, al que sólo tocó el agua cristalina... Así aparece la luz.