Logo

Jacinta

Haidé Daiban Argentina


Jacinta tenía la cara tensa y morena y las crenchas tan negras como sus ojos. Sólo el color de la tierra era tan morena como ella. El color de su tez y de su tierra se continuaban en el rancho, en la cara de la “chacha” Anselma y de los pocos peones que rondaban el lugar. Hasta su perro el manchado tenía, casi todo él, igual color.

Jacinta vivía soñando y trabajando.

Soñaba con el celeste que lucía el cielo en las noches claras y cálidas de su pueblo. Imaginaba el amor a través de un par de ojos celestes, brillantes y profundos, tan lejanos y titilantes como las estrellas. Sabía que en algún lado la estarían esperando.

De cuando en cuando, cantaba una baguala y seguía con la tarea: llevaba baldes cargados de agua cristalina desde el aljibe a la casa, barría la entrada polvorienta, repartía maíz en el corral y obedecía los mandatos de la chacha Anselma.

Por la noche, como todas las noches fatigada, deshacía sus trenzas y mascullaba la oración que la chacha le había enseñado. Esa tradición oral, ese rito, como una canción de cuna, la ayudaba a descansar.

Echada en el catre, Jacinta ansiaba estar en un pueblo verde y sin polvo, con casas pintadas en matices vivos, con un río fresco donde poder lavar su cuerpo y librarse de la monotonía.

Los días continuaban en su estático almanaque. Los feriados lo marcaban la mateada larga, hasta el mediodía del domingo, la procesión de la Virgen y la llegada de Chírico. Chírico, con su chatita llena de rarezas que traía desde pueblo grande.

Jacinta no olvidaría aquella vez en que trajo atado a su carro un lienzo celeste y blanco. Ella se había acercado, muy seria, y lo había mirado. El lienzo era tan celeste como el de sus sueños.

Chírico la había animado: Es barato, Jacinta. ¿Cómo no vas a tener una bandera en tu casa? Para las fiestas la atas a la ventana. Si pasa el comisario… ¡quedarás bien!

Pero a Jacinta le fascinaba el celeste. La compró y desde entonces la guardaba, oculta entre cajones y chirimbolos.

A la nochecita, cuando estaba triste, la sacaba, la alisaba con sus manos callosas y tras mirarla largo rato la volvía a esconder.

Luego, otra vez ella y la chacha, la chacha y ella, acompañadas y solas, al mismo tiempo. Vivían y se secaban como esos árboles que echan raíces en un suelo yermo, como el de su pueblo.

Jacinta soñaba, soñaba con un ángel que la viniera a rescatar y la llevara lejos, un ángel de ojos claros, igualitos a los del cura del pueblo.

Cerca de la noche de San Juan, el calor se hizo un cerco de fuego. La tierra mostraba las entrañas a través de sus rajaduras. Las plantas, mustias, bajaban la cerviz como buscando un hilo de agua para poder sobrevivir. Una de esas noches, Jacinta recogió sus trenzas y fue a refrescarse al aljibe. La luna era un enorme reflector, amarilla y redonda, parecía manar calor como un sol nocturno. Por el sendero se acercó al aljibe, descolgó el balde, se inclinó hacia el pozo y sonrió. La luna iluminaba el fondo. Al mover el brazo, arrastró un guijarro, que rodó hasta romper aquel faro incandescente. Entonces estalló en multitud de ojos azules que resplandecían con un parpadeo centellante. Jacinta se sintió deslumbrada y más sola.

A su alrededor eran noche y sombras. Volvió a mirar, los ojos la llamaban. Atrapada por ellos, se inclinó más y más, hasta sentir el vértigo del encuentro.

En medio de la noche, el canto del búho resonó en la casa. La chacha se removió en el catre.

Alrededor del alero, los murciélagos bailaban su danza nocturna.


Jumb14

Microcuentos

Marvin Calero Nicaragua


Jumb15

Poemas

Rolando Revagliatti Argentina