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Andrés

Manuel Correa Castañeda


Mi paso por una escuela particular fue breve. Estudié un tiempo en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), pero desde el principio no me sentí plenamente identificado. Me percibía extraño, como si no encajara; notaba un ambiente enrarecido, vigilado y al mismo tiempo sofocante, como si mi espíritu de librepensador —con su dosis de rebeldía intelectual e independencia— no tuviera cabida en ese entorno. Esto no significa que no disfrutara mi tiempo allí; de hecho, guardo recuerdos entrañables, como la historia que relato a continuación.

Tenía entre 16 y 17 años cuando ingresé a la preparatoria nocturna de los Tecos, como se les conocía entonces (y supongo que aún se les llama). Desde el primer día hice amistad con un compañero un poco mayor, noble y agradable, de apellidos Unzueta Jasso. Lo conocí durante los trámites de ingreso y de inmediato conecté con él.

Iniciamos las actividades académicas y, en los primeros días, los grupos dentro del salón se formaron rápidamente. Yo permanecía algo aislado; me costaba adaptarme. Aunque entablé relación con algunos compañeros, no los sentía sinceros. De vez en cuando me escapaba a visitar a mi amigo Unzueta Jasso, que estaba en otro salón; charlábamos de anécdotas, pero el tiempo entre clases era escaso. En mi salón los alumnos se organizaron en mesas fijas; yo me senté con tres o cuatro compañeros y todo parecía normal. Sin embargo, al cabo de unos días llegó una nueva compañera que captó todas las miradas.

Era una joven muy atractiva, de nombre Adriana (no recuerdo sus apellidos). A diferencia de la mayoría, vestía de manera formal: faldas cortas, blusa y saco de sastre, con un porte distinguido y modales refinados. Llegó a mitad de una clase y se sentó en la única mesa solitaria disponible. En la siguiente clase, un compañero se sentó a su lado y pasó el resto del día intentando ligar con ella, siguiéndola a todas partes; pero al cabo de unos días dejó de ser su compañía. Luego otro lo intentó, con el mismo resultado. Yo la comparaba con la viuda negra: los usaba unos días y luego los desechaba. Este patrón se repitió: cada cierto tiempo un valiente se aventuraba, pero siempre terminaba igual.

Pasaron las semanas y Adriana se quedó sola nuevamente. Nadie se atrevía a acompañarla. Confieso que en ese momento me caía mal; la veía como engreída y petulante con los compañeros excluidos. Pero algo cambió. Un día llegué temprano, como de costumbre, al laboratorio de física. Estaba leyendo un libro, sentado en un banco con un pie apoyado en otro, cuando Adriana se acercó y me pidió que le pasara un banco. Noté que había otros disponibles en las filas cercanas, pero ella quería precisamente el que estaba junto a mí. Con algo de desgana, se lo di. Se sentó a mi lado y, justo entonces, llegó el profesor y comenzó la clase. Durante la sesión me sacó conversación sobre detalles del manual, señalando datos que yo había pasado por alto. A partir de ese momento no se despegó de mí. Salimos del laboratorio y así nació una buena amistad. Descubrimos que ambos fumábamos, así que entre clases compartíamos cigarros y charlábamos de todo. Había una química especial. Los días pasaron y nuestra amistad creció. Adriana era una gran lectora; nuestras conversaciones sobre libros y música eran interminables. Nos volvimos inseparables.

Entre los estudiantes existía una fraternidad conocida como los Ateneos, grupos que organizaban eventos para apoyar a sus candidatos a la presidencia de la sociedad de alumnos. Había dos o tres facciones, pero yo siempre me mantuve al margen. Sin embargo, un día me invitaron a unirme a una especie de logia secreta, un grupo clandestino del que incluso los profesores desconocían la existencia. Me intrigó la idea y acepté. Más tarde descubrí que esta fraternidad, llamada los Tecos, había contado entre sus miembros a rectores, directivos y altos mandos de la UAG durante sus años como estudiantes. Asistí a varios eventos donde conocí a personalidades de la universidad. Pertenecer a un grupo secreto sonaba atractivo, aunque el material de lectura dogmático y doctrinal que nos proporcionaban tenía un trasfondo tendencioso que, en ese momento, no comprendía del todo.

Semanas después, en una reunión del grupo donde se realizaban rituales extraños, nos informaron sobre un paseo importante al bosque de la Primavera, al que era obligatorio asistir. Nos dieron la fecha —un viernes o sábado— y en casa no tuve problemas para obtener permiso. Unos días antes, mientras fumábamos y charlábamos, Adriana me sorprendió al preguntarme: “¿Vas al evento del bosque de la Primavera?” Me desconcertó que estuviera al tanto, siendo una actividad secreta, pero le confesé que sí asistiría. Le pregunté cómo lo sabía y me explicó que su hermano menor también iría. “Es muy mimado y casi no sale. Será su primera vez fuera de casa. ¿Podrías cuidarlo?”, me pidió. Sin dudarlo, acepté. Se puso feliz, me tomó de la mano y me llevó al salón para la siguiente clase.

Llegó el día del evento. Nos reunimos cerca del bosque; algunos llegamos en autobús, otros en auto. Ese día conocí a la madre de Adriana, una mujer adusta, obsesiva y rigurosa. Me presentó a su hijo, Andrés (creo que así se llamaba), un chico de unos doce años, de tez blanca, nariz casi perfecta, ojos claros y expresión triste. Vestía impecablemente: camisa blanca, pantalón café claro, chaleco y zapatos nuevos, poco adecuados para la aventura que nos esperaba. Llevaba una gran mochila de piel y un peinado perfecto, sin un cabello fuera de lugar. Su madre se despidió de él con múltiples recomendaciones, lo persignó, lo abrazó varias veces y, finalmente, lo dejó ir.

Caminamos hacia el bosque, pasando por un pueblo antes de internarnos en la espesura. Los demás compañeros y yo íbamos en grupo, pero Andrés corría como potrillo, dando vueltas a nuestro alrededor. Yo lo vigilaba para que no se alejara demasiado. Cuando el bosque comenzó a oscurecerse, lo vi correr entre unos árboles a unos 30 metros y, de repente, se detuvo en seco. Pensé que se había cansado, pero al acercarme escuché su voz débil y entrecortada llamándome. Estaba inmóvil, con los brazos extendidos y los pies separados, atrapado en un huizache, un arbusto lleno de espinas grandes. Lo tomé por las axilas para liberarlo, pero las espinas rasgaban su ropa y se clavaban en su piel. Intenté hacerlo despacio, pero al ver que no funcionaba, lo jalé con fuerza. En la penumbra noté que su camisa y pantalón estaban desgarrados; supuse que tenía arañazos en brazos y piernas, aunque nada grave. Le pedí que no se alejara más.

Continuamos la marcha, encendiendo la única lámpara que llevábamos. Seguimos un sendero que nos adentró aún más en el bosque. Media hora después llegamos a un río de agua termal que debíamos cruzar saltando de piedra en piedra. Nuestro líder cruzó sin problemas y yo le expliqué a Andrés la técnica y dónde pisar. Todos lo hicieron bien, excepto Andrés, quien resbaló en la tercera piedra y cayó sentado en el agua, que le llegaba hasta el torso. Se quedó quieto, quizás disfrutando la tibieza; no se movía. De un par de saltos llegué hasta la última piedra, lo jalé y lo aventé literalmente al otro lado del río. Como no hacía frío, su ropa mojada no fue una gran complicación.

A pesar de los percances, Andrés parecía animado. Me hablaba de sus amigos, su escuela y programas de televisión, pero evitaba mencionar a su familia. Caminamos unos minutos más hasta un claro donde decidimos pasar la noche. Arrastramos piedras para delimitar una fogata y acordamos buscar leña. Como sólo teníamos una lámpara, fuimos todos juntos. Caminamos un buen trecho sin encontrar nada, hasta que alguien señaló un árbol seco. No teníamos herramientas para cortar ramas, así que decidimos que Andrés, el más pequeño, sostuviera la lámpara a un metro de distancia para iluminarnos. Sin luna, la oscuridad era casi total.

Entre todos empujamos y jalamos el árbol para derribarlo. Sus raíces cedían poco a poco, pero de repente se escuchó un crujido en lo alto y alguien gritó: “¡Corran!” Todos corrimos; la lámpara se apagó, dejándonos en penumbra. A tientas logramos encontrarla y encenderla. Al iluminar el suelo vimos a Andrés desmayado, con un golpe en la frente, causado por la rama que se quebró. Lo despertamos; afortunadamente reaccionaba bien y dijo que el golpe no le dolía mucho. Recogimos la leña necesaria y regresamos al claro para encender la fogata.

Con el fuego encendido, la velada fue agradable. Cocinamos algo de comida, asamos malvaviscos y compartimos historias. Andrés, siempre sonriente, hablaba de juegos con sus amigos. Nuestro líder sacó un libro y nos leyó relatos religiosos que, aunque dogmáticos, no empañaron la noche. Noté que Andrés temblaba, probablemente por la ropa mojada, así que le di una cobija de mi mochila. Un compañero sugirió que se quitara la ropa mojada; la exprimimos y la colocamos en las piedras alrededor de la fogata para que se secara. Seguimos conversando, pero justo antes de dormir alguien gritó: “¡Se quema la ropa!” Corrí a retirarla; estaba seca, pero quemada en varias partes. La doblé y la guardé en su mochila. Andrés, ya dormido bajo mi cobija, no se enteró. Hice guardia toda la noche y el frío de la madrugada me impidió dormir.

Al amanecer revisamos la ropa de Andrés. Su camisa, pantalón y chaleco tenían agujeros, estaban manchados de ceniza y rasgados. Pensé que eso lo entristecería, pero contra todo pronóstico sonrió ampliamente. Tenía la frente hinchada por el golpe y arañazos visibles, pero estaba más animado que nunca. Regresamos cansados y desvelados, pero Andrés caminaba con una seguridad nueva, señalando incluso el lugar donde cruzar el río sin caer. Hablaba con todos y creo que a todos nos tomó cariño.

El lunes, como era de esperar, Adriana no volvió a dirigirme la palabra; la relación con ella se acabó de golpe. Meses después dejé la escuela y perdí contacto con ellos. Imagino que Andrés estuvo castigado sin salir por mucho tiempo. Pero la sonrisa de Andrés —radiante y pletórica— permanece en mi memoria: un destello de alegría que desafió las espinas, el agua y el fuego, iluminando el recuerdo de aquellos días efímeros.


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