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Los recuerdos fervientes

Carlos Prospero


Impresión vespertina

En el rincón oscuro del salón de clases,
tres plantas en el piso,
una luz parpadeante como un faro,
tenue como el arrebol de esta tarde de marzo.

Con su cara de adolescente núbil,
la joven de belleza palpitante
tenía sobre su pecho un petirrojo,
un aura tenue azul como un durazno,
una sombra de luz que conmovía al mundo
igual que un girasol marca las horas, tejiendo
una brisa de alondras en el salón oscuro.

Cuando dijo su nombre, el sólo timbre
de su voz trajo al mundo de súbito una estrella.

Y luego ella se fue como la tarde
que baja con el viento y la refresca.


Un recuerdo feroz

No se puede morir así, como si nada,
con un hueso atorado en la garganta,
ante la estupidez estúpida de quien debía cuidarte.

El pecho se me llena de sospecha creciente en geometría.
No puede ser que la mujer al frente te dejara allá atrás,
te dejara sin una protección tan necesaria.

No creo en los sombríos accidentes,
sino en la negligencia y el hastío
en la hartazón tan rutinaria y ancha,
en el terco coraje que se anida
cuando la sangre negra se estaciona,
se detiene y detiene
el centro más vital que el corazón, los pulmones.

Maldita era la hora después de la comida,
el sol en el declive
como un niño gritando en el descenso
con la alegría del miedo en la resbaladilla.

Un encuentro mortal inesperado por causa de la abulia,
merecería la horca, la muerte del Estado
rotunda y muy redonde y sin valona.


A mi amigo César Vallejo

Durante muchos años compartimos
los cafés, las cervezas, las comidas, los vinos,
las compañías intensas de mujeres hermosas,
también la soledad escalofriante.

Éramos como hermanos el uno con el otro
hasta que vino Angélica con su belleza entera
y me quedé pasmado
con los ojos henchidos y el corazón corriendo
como olas en los tumbos.

Y bueno, tantos años de mutua compañía
se fueron diluyendo hasta que un jueves
de finales de marzo, sin despedir, te fuiste,
Vallejo de las luchas conjuntas continuadas,
te fuiste para siempre hasta los cielos.

Toda la noche un cabo iluminó tu paso,
Vallejo, tan amigo, con tu dedo en el aire,
con ese traje gris que vestirías mañana,
con tu tahona estuosa y tu cena sin madre,
mis infinitas gracias, por tanta prodigiosa
compañía de un hombre como tú,
tan cabal, tan poeta.


Para cerrar el día

1

El viento corre
soplando al corazón como cenizas

2

El sol no tiene el rocío
refrescante sin la chicharra.

3

Un polvo fino los ojos humedece
en razón de la ausencia,
y el río barre con cariño las hojas secas.


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