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Entrevista a Sergio Zepeda Segunda parte

Luis Rico Chávez


Anécdotas sin fin

Retomamos la entrevista con Sergio Zepeda en el momento en que evoca a algunos profesores y compañeros. Se refiere en primer lugar a Alejandro Colunga, destacando las ventajas de los artistas en la actualidad para exponer y para proyectarse incluso en el ámbito internacional. “Cuando Colunga entró a Arquitectura yo ya iba avanzado”, recuerda, y entonces “empezó la moda de rapar a los de primer ingreso”. Añade: “Yo traté de evitarlo. A mí, por ejemplo, no me pelaron, porque hasta en Artes Plásticas me querían pelar. No, dije, a mí no me rapan, mejor no entro. Al entrar te trasquilaban, era la bienvenida a los del primer ingreso (los grajos). La grajeada, le llamaban. Había muy buenos maestros en la Escuela de Artes Plásticas, algunos ya fallecieron. Bancalari, Caracalla, Jorge Martínez, ellos fueron nuestros maestros; Tomás Coffeen, quien falleció hace unos siete años. Estaba muy mal al final, en silla de ruedas. Lara Gallardo, quien fue un genio de la acuarela y dejó muy buena escuela: Luis Eduardo González, Gabriel Flores, que ha hecho los murales en el Hospital Civil con una temática histórica, llenos de retratos de todos los médicos. Se ha dedicado al muralismo. Muy singular su obra”. A continuación, llevado por sus recuerdos, menciona como un hecho fortuito que “siendo director de la Escuela de Artes Plásticas, un día me lo dijo mi secretaria: ‘Aquí está un italiano que quiere hablar con usted’. ‘Que pase’, le contesté. Llegó un muchacho y me dijo: ‘Yo tengo una fundación cultural en Cerdeña, queremos invitarlo a que seleccione diez artistas para que vayan a visitarnos a Italia, por nuestra cuenta, y si lleva escultores que hagan una escultura; si lleva pintores que pinten un mural; pero que usted los escoja, yo no conozco a nadie’. ‘Con todo gusto, cómo no’. ‘¿Y usted no tiene relación con músicos?’ ‘Bueno, yo particularmente no, pero aquí está a dos cuadras la Escuela de Música, somos de la misma universidad. ¿Quieren músicos también?’ ‘Sí, pero quisiera un pianista sobre todo, si se puede; se llama Sergio Zepeda’. ‘Yo se lo llevo’. ‘¿Y sí lo conoce?’ ‘Sí’, le digo, ‘es mi hijo. ¿Y cómo lo conoció usted?’ Me contestó que la novia (una mexicana de Guadalajara) de un amigo suyo le regaló un casete, de esos caseritos, de Sergio, ‘y nos encantó esa música y quisiéramos llevarlo’, me dijo”.

Luis Rico Chávez: ¿Sergio? ¿Otro de sus hijos también es pianista, como Kamuel?

Sergio Zepeda Castañeda: Sí. Le contesté al italiano: “Tengo dos pianistas, no nomás Sergio”. “Pues llévese a sus hijos”. Fuimos en dos ocasiones. Llevé a Guadalupe Figueroa, a Tijelino (Ramón Villalobos, escultor), a Agustín Alfaro, y como también querían fotografía y caricatura, me llevé a Mariano Aparicio, fotógrafo de Siglo 21 (diario local ya desaparecido), a Alejandro, el que hace las caricaturitas, me lo llevé también. Allá pintó un mural en un kínder, muy bonito. Eso debe haber sido hace unos quince años, más o menos. En dos ocasiones fuimos. A Luis Eduardo Garval lo llevé también, pintó un mural muy bonito. Esa relación con ellos me ha dado la oportunidad de conocer a muchos artistas, de ayudar a otros. Me ha tocado escribirles sus presentaciones o pronunciar discursos en sus inauguraciones, en sus eventos, o para sus publicaciones. Todo esto me ha permitido convivir con ellos, ver sus carreras, sus avances. No me he apartado del panorama.

LRCh: Su trayectoria no nada más incluye la pintura, sino también la arquitectura, la docencia, su labor como funcionario, administrador, director de Artes Plásticas, rector del CUAAD y su labor de promoción, de apoyo a otros artistas… muchos temas por abordar…

SZC: Mi participación en la Universidad de Guadalajara tiene características que yo guardo con mucho afecto y mucho respeto, por como se fueron dando, que hablan mucho de mi carácter y de cómo se dieron las cosas. Yo, desde la secundaria, siempre me incliné hacia lo cultural, porque desde entonces yo tuve maestros muy significativos. Uno de ellos, por ejemplo, fue Adalberto Navarro Sánchez, mi maestro de literatura. Era gente de calidad. Adalberto era un señorón, el hombre. Ahora es famoso, pero en aquel tiempo simplemente era un buen maestro. En la Secundaria 3 me tocó ser coordinador de prensa y propaganda en la mesa directiva; yo era amigo de Niño (se apellidaba Niño) que era hijo de Niño Morones, un gran pianista que había tocado en bandas gringas y que tenía un cuarteto de cuerdas. Aproveché y le pedí al Departamento Cultural del Estado, en tres ocasiones, que fuera a tocar a la secundaria el cuarteto de cuerdas, y aprovechábamos para organizar actividades de poesía, de lectura de cuentos, a nuestro nivel de secundaria. Cuando ingresé a la universidad, desde la prepa, siendo alumno me dijo el maestro Vázquez Correa: “Oiga, jovencito, ¿que usted pinta?” Contesté: “Bueno, pinto a mi modo”. Siguió: “Queremos hacer una pinacoteca de los exdirectores de la preparatoria (muchos estaban vivos todavía), ¿no los quiere usted pintar? ¿Se anima?” “Sí”. En los dos años de la prepa pinté 16 exdirectores; los retratos están ahí, en la Preparatoria de Jalisco. Después Raúl Padilla Gutiérrez me mandó pintar a los expresidentes del PRI, siendo él presidente del partido. Pinté dos o tres; después se los pasaron a Chávez Vega y a Gabriel Flores. Yo pinté a varios expresidentes del PRI; pero no me gustó esto de ser retratista, porque la gente quiere que los pintes como creen que son.


Una huella positiva

Cuando todavía estudiaba en Arquitectura me invitaron a ser maestro en Artes Plásticas para sustituir a un profesor, quien me dijo: “Yo ya no voy a regresar, voy a renunciar; te voy a recomendar para que te den el nombramiento a ti”. Me lo dieron, y cuando llegó y lo iba a firmar vi que decía: “Se nombra al profesor Sergio Zepeda en sustitución del maestro Miguel Miramontes”. Le pregunté a la secretaria: “Oiga, ¿voy a sustituir a Miguel Miramontes, el maestro de escultura urbana? Es un señorón”. Me contesta: “Él algún día empezó, usted va a empezar también”. Entonces sí empecé. Por ese tiempo llegó un momento políticamente complicado para Raúl Padilla con lo que quedaba de Carlos Ramírez. Tenía la lista de maestros para ver a quién nombraba como director, y cada nombre lo tachaba por alguna razón. Llegó a Zepeda y había un signo de interrogación; preguntó: “Este qué, a quién responde, de quién es”. Cuando supieron que yo no era ni de uno ni de otro, que yo era simplemente una gente que trabajaba solo, me habla Raúl para invitarme a ser director de Artes Plásticas; cómo no, dije, con todo gusto. De ahí nació la relación.

Te quiero comentar que, como estudiante, yo tuve a los mejores maestros de Arquitectura; tuve la oportunidad de que fueran mis maestros los viejos que trajo Díaz Morales de Europa. Pero cuando me nombraron maestro yo me prometí no ser como algunos de ellos; no los que tuve, sino otros, que eran unos salvajes, así, de plano, que decían que tu proyecto era una porquería, que lo ponían en el suelo y lo pisoteaban. Yo decía “yo no voy a ser así”. Traté de comportarme de otra manera; creo que lo logré. Tengo muy buenos amigos exalumnos. Así se fue dando mi trayectoria en la universidad, no porque yo fuera del grupo de Raúl o de fulano; afortunadamente, nunca acepté que me dijeran que yo era gente de... No, acepté todo lo que tuve que aceptar en cuanto a nombramientos que yo podía cumplir, y así llegué a rector del CUAAD (Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño). De lo que estoy muy orgulloso, porque no es igual tomar un cargo cuando todo está hecho que tomarlo cuando no hay nada, desde empezar a nombrar maestros, que fue el caso de Arquitectura y Arte y Diseño. Fue un peregrinar. “¿Qué pasó, arquitecto? Sus papeletas, ¿cuántos tiene o qué?” “Raúl, no tengo maestros de la calidad que exige la Ley Orgánica para las licenciaturas en Artes”. “Pues invente algo, arquitecto, búsquele. Pero tenemos que echar a andar proyectos”. En Artes Plásticas y en Música yo tenía grandes maestros que no tenían ni la preparatoria, para acabar pronto. Entonces, cuando me doy cuenta de eso, me fui a La Esmeralda, a San Carlos, a investigar cómo le hacían. En todas partes se hacía un diagnóstico y se reconocían sus capacidades para nivelarlos. Entonces le propuse a Raúl Padilla hacer un curso de nivelación para esos maestros. A raíz de eso, todos los que tú me preguntes, que andan ahorita por ahí, salieron de ese curso para poder dar clases en el CUAAD. Otro de mis logros en la Escuela de Artes Plásticas fue quitar el muro que la dividía, además de que logré entregar la escuela completa, quitársela a Correos. Dejé pues un buen cimiento, de lo cual estoy muy orgulloso, muy satisfecho.

Además, no dejé herencia, como se acostumbra. Ninguno de mis hijos tiene el lugar que merece en la universidad; incluso mi hijo Kamuel, el pianista, tiene 30 años de maestro en la Universidad de Guadalajara, es de los maestros que nunca faltan, ha tocado en Bellas Artes y en infinidad de lugares con orquestas, por su cuenta, y es maestro de asignatura; esas injusticias de la universidad. Es una mentada de madre, la mera verdad. Todos los que estaban antes en otras partes o los rectores que siguieron de mí, todos, dejaron a alguien de su apellido ahí; acomodaron a sus hermanos, a sus amantes, a sus hijos; yo nunca quise hacerlo, y me lo reclamaban mis hijos, y yo les contestaba: “Tú, lo que logres por tu cuenta”. Fue una tontería, tal vez, no sé; pero no me arrepiento de ser honesto, aunque veo que no deja… hay que pagar un precio muy alto.


Un artista innovador

LRCh: Me gustaría que me platicara, desde su perspectiva, su evolución; son más de 60 años de trayectoria como pintor. Cómo inició, sus influencias, cómo fue evolucionando y, en este momento, en qué punto se encuentra.

SZC: Yo tengo una memoria receptiva; me he dado cuenta de ello a través de los años. Cuando veo una imagen se me queda grabada y, al paso del tiempo, de repente la evoco, y así nació mi inclinación por el arte objeto, que entonces no se hacía en Guadalajara. Así empecé a juntar cosas interesantes de por sí y construir piezas que después llegaron a tener un mensaje diferente como arte objeto. En cuanto a pintura, siempre me incliné por lo figurativo. Yo no buscaba hacer un panfleto o un discurso para explicar mi obra, yo quería que mi obra dijera lo que yo quiero decir, y por ese lado me fui en cuanto a la pintura. Soy muy afecto a analizar los símbolos. De esa manera me dio por hacer unas series en triángulo, que no se usaba tampoco. Me parece que el primero que pintó en triángulos aquí en Guadalajara fui yo; en triángulos serios, formales, bien hechos. Después en algunas exposiciones encontrábamos algo parecido, y me lo señalaban mi mujer o mis hijos; yo no lo patenté, ni me interesaba que otros hicieran lo mismo. También empecé a pintar ojos en triángulo desde hace muchísimos años; hay uno en la rectoría de la Universidad de Yellowstone, en Estados Unidos, otro en Cerdeña. Siempre pinté ojos, triángulos y arte objeto. A propósito, acaba de jubilarse el director de la Casa Clavijero, un restaurador, se apellida Piña, y hace poco en una entrevista lo oí que dijo: “El principal promotor o el pionero del arte objeto en Jalisco es Sergio Zepeda. Él empezó a hacer arte objeto desde hace mucho tiempo, sólido, formal, sus piezas no son puntadas de tiliches que se van juntando, él logra una buena expresión”; me dio mucho gusto oírlo. Y sigo haciéndolo. Ya tengo inclusive una exposición pendiente para el año próximo, después de esta, la cual surgió a raíz de toda esta preparación. Y pienso seguir haciendo arte objeto, aunque ya no tengo la capacidad ni los ánimos, tal vez ni el vigor para hacer obra más o menos grande como la que he hecho, pero pienso seguir haciendo cosas decorosas con el mismo mensaje, y seguir pintando, ahora un poco como homenaje al pequeño formato, muy poco socorrido en la actualidad; la mayor parte de los pintores son muy grandilocuentes. Yo quiero meterme un poquito a Hermenegildo Bustos, por ejemplo, ese tipo de cositas, y dedicar mis últimos años a este tipo de actividades.

LRCh: También me decía al principio, y por ahí leí sobre el detalle de lo que implica una exposición, sobre las dificultades, lo cual lo hace pensar ahora en dedicarse a escribir. Me gustaría que, para cerrar, me platicara al respecto. De hecho, este es uno de sus libros, ¿no? (le señalo un ejemplar de 50 años en torno al arte)

SZC: Sí, es más, te lo voy a obsequiar. Cuando tengo tiempo libre, que suele ser poco, me dedico a hacer bocetos o a escribir, lo que se me ocurra. Te voy a regalar después otro libro de anécdotas de Guadalajara. Y otro, Gente grande que conocí, un libro armado en papeles de diferentes texturas. Ese yo se los daba a artistas reconocidos para que hicieran algo en él y yo escribía algo sobre ellos. Así llegó a ser un libro que después Jaime Álvarez del Castillo conoció y editó. Se agotó la edición. El libro tiene obra de Cauduro, de Arévalo, de Mario Martín del Campo, de Germán Palacios, de Ceniceros… me explicó cómo hizo el mural; Sebastián me explicó lo del caballito; Colunga en cuatro hojas describe cómo me conoció, sobre el moño y la guitarra. Es un libro muy interesante, muy bonito, ojalá algún día se pueda reeditar, reimprimir. Sigo escribiendo, y en cuanto pueda voy a sacar otro libro en donde hablo de mis experiencias (ya tengo un buen catálogo) y de las gentes con las que me tocó tratar. Es muy interesante porque me ha tocado la suerte de conocer a gente muy muy importante, muy muy trascendente con quienes tuve mucha cercanía, por casualidad o por lo que tú quieras… tengo mucho avanzado. Por cierto, el primero que tengo lo editó Felipe Cobián Rosales, se llama De mis hojas sueltas. Estas son ahora mis dos tendencias, o pintar o escribir. Las dos se desarrollan en soledad. Soy muy amante de hacer las cosas en soledad. Para mí la soledad es muy positiva, pues te da la oportunidad de crear, y lo hago de las dos formas: o dibujando o escribiendo.


La arquitectura y la vida

En cuanto a la arquitectura, tuve la suerte de conocer a unos médicos en Sahuayo, le hice una casa primero a uno de ellos y luego a su compadre; total, me tocó diseñar varias casas en Sahuayo; otro de mis trabajos fue la Casa de la Cultura de Zapopan, que ahora se llama galería Javier Arévalo; el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas también es obra mía; intervine en la Galería de Expresidentes en el Palacio Municipal de Guadalajara. Cuando me contrataron, estaba habilitado el salón parecido a como está ahorita, pero todo descuidado: los retratos mal colgados, ni siquiera estaban en línea recta, y con unas lámparas como de chicharronero, con unos focos largos como salchichas calientes… era un desastre aquello. Nos dimos cuenta que en un rincón, donde estaba el retrato de equis presidente municipal, ahí se ponían los meseros cuando se organizaban eventos (eso ocurría a cada rato); los meseros tenían la costumbre (yo creo que lo has visto en alguna parte) de que tenían la caja de refrescos y agarraban un destapador y así rápido abrían las botellas y salpicaban a los cuadros. Yo agarré el retrato del Caballo, no me acuerdo cómo se llama ese presidente municipal, lleno de refresco. El retrato de Medina Asensio también lo restauré.

LRCh: Al que le decían el Caballo era a Eugenio Ruiz Orozco, me parece.

SZC: Sí, muy buen amigo mío, por cierto, pero ahí estaba empapado de refresco. En ese tiempo todavía estaba pintada de color rosa la presidencia municipal, porque la habían usado para la película Evita y ahí montaron la escenografía de la Casa Rosa. Yo aproveché para decirles: “Esto es una mentada de madre, cómo la presidencia municipal de Guadalajara en color rosa”. “Pues pítenla”, me contestaron. Entonces hice calas en la parte de atrás y me encontré con que Mendiola, el arquitecto, había dejado el color del enjarre, como se usaba, y como está el museo en las partes limpias, así volví a pintar el Palacio Municipal, del color original. Fue durante una semana santa, en la época en que estaba González Márquez, el segundo periodo panista, cuando yo pinté el palacio y restauré el salón de expresidentes y los retratos. Fue un trabajo muy interesante, poco conocido pero tuve la suerte de hacerlo. Aquí en el centro, en la esquina del café (Juárez y González Martínez) diseñé una tienda de Enciso, otra por Ocampo, una tienda en Zaragoza, una a un sastre por este rumbo, trabajé en Plaza Patria, Plaza del Sol, hice localitos comerciales; les hacía el local comercial, la etiqueta, la frase… por ejemplo, la tienda Enciso, “Alta Costura Masculina”, esa frase no se usaba, yo la inventé; normalmente dicen alta costura femenina, pero yo puse alta costura masculina. Yo, a lo que me metía, me metía de lleno. Aquí en el Madoka, cuando todavía estudiaba, me rentaron un departamentito en la planta baja del edificio, que lo hicieron para el velador, era una recepcioncita, un cuarto y un baño; yo hablé con los dueños, unos españoles, y me lo rentaron porque creyeron en mí; me decían “usted es estudiante”, “no, yo no soy estudiante”, les contestaba, “soy muy joven pero soy arquitecto”. Yo estaba en la prepa cuando me lo rentaron. El Madoka era mi oficina; yo no tenía teléfono, pero ponía el teléfono del café en mis tarjetas… mis tarjetas decían “Sergio Zepeda Castañeda DM Arquitecto”. Así decían, DM. Alguien me preguntó que qué quería decir DM, les dije “Dios mediante”. Y aquí del Madoka me llamaban: “Arquitecto, le hablan”, o contestaban normalmente: “Déjele recado, al rato se reporta”, para no tenerlos colgados. Yo le puse al café la primera barra que tuvo, yo le puse los asientos giratorios empotrados que, con el uso, se descomponían tanto que mejor pusieron sillas… yo fui de los fundadores del Madoka y aquí conseguía trabajos. En cierta ocasión aquí estaba sentado y llegó un amigo y me dijo: “Oye, tú eres arquitecto. Voy a poner una zapatería aquí adelante, ¿no quieres venir?” Había un café llamado Acrópolis. Me dijo: “Tumbas el café porque aquí se va a construir la zapatería”. Yo tumbé el café Acrópolis, que era famoso. El Madoka pues es parte de mi vida. También aquí veía a mi novia cuando salía de la prepa; le invitaba un café y aquí nada más a la vuelta ya estábamos en el café, muy práctica la ubicación; por cierto, ya cumplimos más de 50 años de casados.

LRCh: Pues de mi parte sería todo. Son muchas, muchas historias, muchas anécdotas… quedo entonces al pendiente de sus libros.


Jumb6

24 de agosto de 1899

Fernando Sorrentino Argentina


Jumb7

El buen vino

Zedlav Valdez Argentina


Jumb1

Claudia Berumen

Fotografía


Jumb2

Alejandro Colunga

Escultura


Jumb3

Haandro Xoolhoo

Pintura


Jumb4

Museo del Templo Mayor

Pintura


Jumb5

Ernst Saemisch

Pintura


Jumb6

Orozco-Eisenstein

Pintura


Jumb7

Legado de Raúl Padilla

Pintura