Tengo 33 años conviviendo con la obra de Alejandro Colunga. En 1993, cuando se inauguró La sala de los magos, en la plaza Tapatía, frente al Instituto Cabañas, yo era vecino de la zona. Algunos años después (2000), durante la instalación de Los magos universales (a unos pasos de la sala) yo aún rondaba por el barrio. Al poco tiempo cambié de residencia, no tan alejado de la zona.
Aunque no como antaño (cuando aquel era mi camino habitual) sigo deambulando entre las esculturas de Colunga. El asombro nunca termina. A la distancia, vistos en conjunto, pueden parecer un elemento más del paisaje urbano, pero de cerca los detalles invitan a la ensoñación, disparan la imaginación por rumbos insospechados.
En alguna parte leí que La rotonda del mar, instalado en 1996 en el malecón de Puerto Vallarta, era calificada por algunos como “inapropiada para el turismo y los visitantes”. Considero que estas opiniones traducen la percepción del arte; aquellos que lo consideran como un elemento accesorio e incluso inútil y quienes lo catalogamos como esencial para la vida.

Un sillón con rostro. Con orejas enormes. Patas con dedos. Zapatones que se transforman en instrumentos musicales, en tenazas de cangrejo o elementos indefinidos que obligan a la imaginación a llegar a límites insospechados.
Esos objetos habituales (enseres domésticos, ropa, calzado) adquieren nuevos significados al combinarse de manera insólita con elementos dispares. La posibilidad de interactuar con ellos, no sólo a través de la contemplación, sino al tocarlos, al ocupar con ellos el espacio los dimensiona de tal manera que nosotros nos convertimos en habitantes de esa sala, en compañeros de esos seres que adquieren una realidad que compartimos durante el tiempo que deambulamos por ella.
Esta es la virtud del arte, incomprensible para los de corazón obtuso. La magia de lo maravilloso incorporada a nuestros espacios cotidianos. La vida ordinaria transformada por la imaginación. Un viaje a mundos insólitos cuya invitación nadie debería rechazar.