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El balón como espejo:
Identidad, euforia y la miopía social del futbol mexicano

Rosa Edith Moya Ayala


Existe un fenómeno casi místico que ocurre cada vez que la Selección Mexicana de Futbol pisa la cancha en un torneo importante (para este año vale la pena citar el mundial 2026) o cuando se juega un clásico local de alta tensión. El país entero, usualmente fragmentado por disparidades socioeconómicas, polarización política y fronteras geográficas, experimenta una metamorfosis; de pronto, millones de personas que no se conocen entre sí comparten el mismo lenguaje, los mismos colores y la misma angustia, es como si esas fronteras mágicamente desaparecen. ¿Cómo explicar ese fenómeno que no es nuevo? Sólo se me ocurre afirmar que, en México, el futbol no es sólo un entretenimiento de noventa minutos; es un tejido conectivo, una de las pocas fuerzas capaces de moldear y sostener nuestra identidad nacional.

Como bien analiza el estudio de García Rodríguez, sobre los procesos de identidad en el balompié, el futbol opera como un espacio simbólico fundamental para la sociedad. En palabras del autor, este deporte representa “un fuerte vínculo identitario y de cohesión social que se manifiesta en la vida cotidiana de millones de aficionados” (García Rodríguez, [UNAM], 2021, p. 12). Esta mística colectiva se traduce en rituales familiares, en calles vacías durante los partidos y en un orgullo patriótico que brota de forma espontánea y visceral.

Sin embargo, es precisamente en la magnitud de esta euforia mundialista donde radica su contradicción más dolorosa. Resulta inevitable preguntarse: ¿por qué ese fervor indomable, esa capacidad de organización masiva y ese sentimiento de dolor compartido sólo despiertan cuando rueda el balón? ¿Qué tiene que vivir México para que ese sentimiento de patriotismo y unión nacional tenga que efervescer de la misma forma que lo hace en el fútbol?

Es profundamente crítico y frustrante ver cómo la misma sociedad que es capaz de paralizar ciudades por una final, o de unirse en un grito unísono de frustración ante un arbitraje injusto, suele mostrarse apática, silenciosa y desarticulada ante los verdaderos problemas que desangran al país; podemos mencionar algunos solamente: pobreza, marginación, injusticia, violencia, etc. Ojalá que ese mismo sentimiento de identidad y de destino compartido perdurara y nos moviera con la misma fuerza para exigir justicia social, para indignarnos ante la impunidad, para organizarnos en favor de la educación o para defender los derechos humanos.

Desde un punto de vista analítico, este fenómeno invita a reflexionar sobre las razones por las cuales la sociedad mexicana logra coordinar esfuerzos e identidades con tanta eficacia en torno a un bien intangible como el deporte, mientras que las demandas estructurales —tales como la mejora educativa, la exigencia de transparencia o la participación en iniciativas comunitarias— suelen enfrentar mayores retos para alcanzar un consenso masivo. Sería de gran relevancia para el desarrollo democrático y civil de la nación que los mecanismos psicológicos y sociales que activan este sentido de destino compartido y solidaridad horizontal pudieran perdurar y aplicarse de manera sostenida en debates y problemáticas urgentes de la agenda nacional.

Este contraste no debe interpretarse necesariamente como una falta de conciencia social en la población, sino como un reflejo de cómo las sociedades modernas canalizan sus necesidades de pertenencia y escape. El futbol ofrece un espacio seguro, con reglas claras y resultados inmediatos, donde la identidad se vive sin los costos de la polarización ideológica que suele caracterizar al debate político o social, no se presta (mientras se analice el juego, mas no podemos afirmar lo mismo en cuanto a sus intereses políticos, económicos y hasta ideológicos empresariales) a interpretaciones subjetivas.

El reto de la sociedad contemporánea mexicana radica en comprender que la capacidad de movilización y empatía ya existe y está demostrada en las tribunas; el desafío técnico e institucional consiste en encontrar los canales adecuados para que esa misma energía colectiva se traduzca en un compromiso cívico activo fuera de los estadios.

No podemos negar (incluso a quien no le guste el deporte) que el futbol en México se consolida como una de las herramientas más potentes para entender la psicología de sus masas y el arraigo de su identidad. Su valor como unificador cultural es innegable. No obstante, el análisis objetivo de su impacto sugiere que la madurez de una sociedad también se mide por su capacidad de equilibrar la pasión por sus industrias del entretenimiento con una participación igualmente entusiasta, crítica y organizada en la construcción de su propio entorno político y social. Esperemos que así como México ha demostrado tanto fervor y capacidad de organización pueda despertar y darse cuenta que lo mismo puede hacer con otras temáticas y/o necesidades, de forma que el desafío, y a la vez la más bella promesa, es aprender a mirarnos en el día a día con los mismos ojos de orgullo y esperanza con los que miramos nuestra bandera cuando rueda el balón.


Referencia

Universidad Nacional Autónoma de México (2021). Procesos de identidad en el futbol mexicano. Repositorio Institucional de la Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información. https://ru.dgb.unam.mx/server/api/core/bitstreams/55c456b7-5671-4e61-b3b9-951af6180561/content.


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