—Soñé que te miraba dentro de un ataúd, el cual estaba encadenado —guarda silencio, y continúa—: ¡Soñé que estabas muerto!
Él no recuerda ese día, tampoco ese sueño. Pero 14 años después va en el mismo féretro.
Habían hecho una cita sin haberla anunciado. Pero ambos llegaron puntuales. El cielo estaba tan estrellado como el Poema veinte de Neruda. En el horizonte la oscuridad ocultaba las cordilleras de Amerrisque. Acordaron ir a un sitio despejado de gente, eligieron la casa abandonada donde meses antes había muerto una pareja de ancianos. Juntos ahí, él perdió la virginidad. Para ella fue estar en la cima de la pirámide del poder. Para él, sólo el momento previsto por el destino. En la oscuridad los espíritus de los ancianos comprendieron que su casa ya no sería un sitio seguro.
Meses atrás doña Lucía había muerto de vejez, y su esposo don Carmelo sentía que el mundo había perdido la razón de ser. Yo platiqué con él días anteriores a su muerte. Me pidió un chiscagre (cigarrillo). Recuerdo los chicharrones que preparaban de vísceras de res. No tuvieron hijos. Pero sus dos perros chapiollos llenaban ese vacío.
El día que murió don Carmelo llovió día y noche. Los relámpagos en la madrugada parecían un mensaje de la tierra, que le daba la bienvenida a una vida mucho mejor.
El forense dijo que tenía 24 horas de fallecido.
Doña Nacha murió a los 114 años. Era una reliquia, aunque para ser honesto, tengo dudas sobre su edad. Ella decía que tenían ciento diez años, luego ciento diez un año, luego ciento diez tres años… Su familia no comprendió que su mente se había quedado en el pasado. El día que llegamos a verla con pretexto de despedirnos, le hablé sobre las orquídeas y banderas españolas de su jardín que hacía poco más de diez años se habían marchitado. Ella sonrió y me explicó detalles de botánica y jardinería. Por un momento sintió que el mundo dejó de ser un extraño.